Brexit, la democracia y la crisis constitucional británica

¿Por qué el voto del referéndum ha provocado una de las peores crisis políticas y constitucionales de la historia del Reino Unido? En primer lugar, porque el Reino Unido no tiene constitución propia: la vida política se rige por las convenciones y costumbres de la práctica día a día. No hay reglas fijas que establecen lo que debe proceder en la situación en la que se encuentra el gobierno en este momento. Hay bastante flexibilidad para los gobernantes, por un lado; pero, mucha incertidumbre para todos los involucrados, desde los funcionarios todavía empleados en Bruselas hasta el primer ministro y los diputados en el Parlamento, por el otro.

Antes del referéndum, el primer ministro, David Cameron, había prometido iniciar el proceso formal para negociar la salida del RU de la Unión Europea si ganara el voto a favor del brexit. Como expliqué en mi artículo anterior, Cameron renunció el viernes y señaló que no iba a notificar formalmente a la UE que el RU quería salir. No habrá nuevo primer ministro hasta octubre. Desde hoy, la lucha política británica se enfoca en la elección para el nuevo líder del Partido Conservador. El asunto que define esta lucha es el referéndum y cómo debe proceder el nuevo gobierno en relación a este voto.

Desde luego hay quienes no ven la necesidad de esta cuestión. El referéndum representa la voz de la mayoría de los votantes. En una democracia, el gobierno debe respetar la decisión de un referéndum sin vacilar. No obstante, desde el punto de vista de las leyes británicas, sus convenciones y su constitución consuetudinaria, no es tan claro. En contraste con otros votos de este tipo realizados en el Reino Unido durante los últimos años, el acto de Parlamente que dio inicio a este referéndum no contenía ninguna previsión para obligar el gobierno actuar con base en el resultado. Como expliqué en mi artículo anterior, entonces, la decisión de comenzar el proceso formal de la salida del Reino Unido de la UE debe tomarse en Westminister. Pero, ¿en qué parte de Westminister? ¿El gobierno ejecutivo es facultado para hacer esta decisión? ¿Requiere el primer ministro buscar el acuerdo del Parlamento?

Hay algo de confusión sobre estas preguntas: a juzgar por las maquinaciones políticas internas del Partido Conservador, parece que los diputados creen que la facultad es exclusiva del primer ministro como parte de sus prerrogativas en asuntos exteriores. En cambio, en un artículo publicado hoy en la página del Constitutional Law Association de la University College London, tres juristas expertos de la ley constitucional británica, Nick Barber, Tom Hickman y Jeff King, argumentan que el Parlamento es el único facultado para tomar la decisión de informar a la UE que el RU desea retirarse. El fundamento principal de este argumento es la afirmación que la salida de la UE “cambiaría inevitable y fundamentalmente los arreglos constitucionales” actuales del Reino Unido. Como señalan los autores, los usos y costumbres de la constitución política británica no permiten que el ejecutivo ejerza facultades que podrían provocar tal cambio. Esta convención tiene una larga historia: por ejemplo, los autores citan en primer lugar a Edward Coke en The Case of Proclaimations, una sentencia de 1610. Pero es una convención que sigue vigente en las prácticas actuales, como demuestra la sentencia del caso de Fire Brigades Union de 1995.

¿En qué forma alteraría la constitución británica la salida del RU de la Unión Europa? Los autores del artículo citado mencionan dos cambios importantes: 1) serán nulas las previsiones de los tratados europeos para los efectos de la ley británica; y 2) la salida anulará los derechos políticos de los ciudadanos británicos en relación al Parlamento Europeo (es decir el derecho de votar y ser votado). Ambas consecuencias significan cambios fundamentales para la constitución británica. Los tratados de la Unión Europea están incorporados en casi toda la legislación británica emitida desde 1973 cuando el RU entró por primera vez a la Comunidad Económica Europea. Dos ejemplos muy significativos para la situación actual son el acto de Parlamento que estableció el gobierno autónomo en Escocia (Scotland Act, 1998) y los acuerdos de paz del Viernes Santo (1998) que puso fin al conflicto político en Irlanda del Norte y estableció la autonomía política para esta entidad. De esta forma, la salida de la UE bien podría significar que es necesario renegociar los arreglos constitucionales que respaldan las autonomías políticas de las partes integrantes del RU. Es muy probable que las negociaciones de este tipo terminen con la desintegración política del Reino Unido, pues hubo amplio apoyo en Escocia e Irlanda del Norte a favor de la UE en el voto del jueves.

No hay duda que el RU enfrenta su peor crisis política y constitucional en siglos. Los cambios que vienen bien pueden significar cambios que la constitución no haya vista desde la Revolución “gloriosa” de 1688. Es de esperar que los políticos en el ojo del huracán tomen cuenta de todas las implicaciones de esta situación, tanto las política-constitucionales como las económicas, que, por ser más evidentes, parecen más urgentes en este momento.

Anexo (29 de junio de 2016):

Recomiendo los siguientes textos que dan cuenta del desarrollo del debate constitucional acerca del Brexit.

R. Ekins, ‘The Legitimacy of the Brexit Referendum’, U.K. Const. L. Blog (29th Jun 2016) (available at https://ukconstitutionallaw.org/)

A. Tucker, ‘Triggering Brexit: A Decision for the Government, but under Parliamentary Scrutiny’, U.K. Const. L. Blog (29th Jun 2016)  (available at https://ukconstitutionallaw.org/)

T. T. Arvind, L. Stirton y R. Kirkham, A Constitutional Solution to a Constitutional Crisis, Vinculum Juris Blog (27th Jun 2016) (available at https://vinculumjuris.net)

 

 

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¿Y ahora qué? El camino largo al Brexit

Al igual que ayer, hoy todavía el Reino Unido forma parte de la Unión Europea. El referéndum de ayer no significa un rompimiento inmediato. De hecho, en sí el referéndum no tiene ninguna fuerza legal: cualquiera decisión para abandonar la UE será para el gobierno británico y el Parlamento. Como en muchas cosas en el sistema político británico, el peso del referéndum tiene que ver con el balance de fuerzas en Westminister. Con la victoria de la campaña para salir, el primer ministro y líder del Partido de Conservador, David Camerón, quien abogaba que el RU se quedara en la UE, ha perdido capacidad de liderazgo y apoyo. Ni siquiera se cumplieron doce horas después de la noticia final de referéndum antes de que Camerón se dimitiera su puesto. Ahora el ímpetu político resta con los Conservadores que promovían el Brexit; sobre todo, la cara más visible de esta campaña: Boris Johnson, ex alcalde de Londres.

Para que el Reino Unido salga de la Unión Europea, tiene que seguir los términos del artículo 50 del Tratado de Lisboa. Este tratado establece que:

Un país de la UE que desee retirarse deberá notificar su intención al Consejo Europeo, que proporcionará las directrices para la celebración del acuerdo que establezca las disposiciones necesarias para la retirada.

El Consejo celebra dicho acuerdo, por mayoría cualificada, en nombre de la UE, previa aprobación del Parlamento Europeo.

Los Tratados dejan de aplicarse al país que realiza la solicitud, desde la entrada en vigor del acuerdo o, a más tardar, dos años después de la notificación de la retirada. El Consejo puede decidir prorrogar dicho período.

Cualquier país que se haya retirado de la UE podrá solicitar unirse de nuevo y deberá someterse nuevamente al procedimiento de adhesión.

Hoy los integrantes de la Comisión Europea pidieron al Reino Unido que no retrasara su salida. Los 27 líderes de los países restantes van a reunirse el miércoles para discutir el Brexit. El primer ministro del Reino Unido no está invitado.

No obstante, pasarán al menos otros tres meses antes de que el gobierno británico invoque el artículo 50. ¿Por qué? Porque al renunciarse, Cameron declaró que no le correspondía empezar el proceso formal: deja esta tarea al nuevo primer ministro. Dado que el sistema parlamentario británico establece que el líder del partido mayoritario en el Parlamento –en este caso, el Partido Conservador- es el primer ministro, no habrá nuevo primer ministro hasta que las elecciones internas del Partido Conservador hayan concluidas. Este proceso tardará más o menos tres meses.

Varios comentaristas interpretaron la negativa de Cameron de invocar el artículo 50 como forma de poner freno al proceso y permitir al gobierno británico establecer un plan de acción antes de enfrentar al proceso negociador. En sus momentos más optimistas, estos autores sugieren que el próximo gobierno conservador tal vez intente posponer la invocación del artículo 50 de manera indefinida. Otra posibilidad es que el gobierno dé a conocer la propuesta británica de salida al público antes de convocar elecciones generales. De esta forma, los resultados de elección decidirían la suerte del gobierno y, al mismo tiempo, la invocación o no del artículo 50.

Desde luego, ambas opciones confían en que el nuevo gobierno conservador –seguramente liderado por Johnson u otro miembro del grupo Brexit- va a tomar consciencia de los riesgos enormes de una salida precipitada. El hecho de que la libra ha sufrido su peor caído en más de treinta años desde que se hicieron públicos los resultados del referéndum y, se estima que los mercados internacionales han perdido dos trillones de dólares [de acuerdo al valor estadounidense del trillón] hoy, tal vez sirva para este efecto. Ciertamente hay señales que Johnson quiere proceder con más cautela de la que prometía durante la campaña.

No obstante, dado las declaraciones de la Comisión Europea hoy, no está muy claro si los demás miembros de la UE están dispuestos a tolerar que el RU siga desestabilizando el proyecto europeo de manera prolongada. Tampoco está claro si Johnson, o la ala Brexit conservadora, tienen las habilidades políticas, el valor y el pragmatismo para desafiar el peso político que significa el referéndum. La campaña del Brexit se caracterizó por ser abiertamente populista. Hubo un esfuerzo destacado para culpar a la UE todos los males económicos actuales del Reino Unido, y otro para insinuar que la inmigración al RU se controlaba (y promovía desde Bruselas). Se planteaba la salida de la UE como una nueva “independencia” del Reino Unido: una manera de “tomar de nuevo el control” sobre la soberanía. En este discurso, se advertía asimismo un tono abiertamente racista e intolerante. Al hablar de refundar la nación, el objetivo parecía crear la idea de una nación de ingleses blancos en la que los valores multiculturales y la presencia de gente inmigrante no blanca no se iban a tolerar. A raíz de esta campaña se puede percibir una nueva legitimidad a los grupos de extremo derecho en la Gran Bretaña y una nueva tolerancia para el discurso de odio en medios públicos.* El reto para el nuevo gobierno en cuanto a la negociación con la UE, y sin duda, en todas las demás políticas, será cómo lidiar con la legado de esta campaña y las expectativas que ha creado.

*El indicador más espantoso de esta nueva cultura fue el asesinato de la diputada Jo Cox la semana pasada. Cox fue un defensor firme de la inmigración y buscaba además que el RU recibiera más refugiados. El asesino formaba parte de grupos de ultra derecha que consideran que abogar a favor de la inmigración y los refugios son actos de traición a la nación británica.

 

 

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Review: Jaime E. Rodríguez O., “We Are Now the True Spaniards”: Sovereignty, Revolution, Independence, and the Emergence of the Federal Republic of Mexico, 1808–1824, Stanford, Stanford University Press, 2012, 520p

Published in Estudios de Historia Moderna y Contemporánea, vol. 48 (2014), pp. 211-218.

It would be fair to say that Jaime E. Rodríguez believes We Are Now the True Spaniards to be his magnum opus. As he states in his presentation, the text is a reflection on his forty-years of scholarship on Mexican history (p. xiii). It is a revised translation of a work he published in Spanish in 2009 and as such represents the most extensive reiteration of the hypothesis in English that he has been developing since the 1990s, mostly notably in works such as The Independence of Spanish America, “Rey, religion, yndependencia y union”: el proceso político de la independencia de Guadalajara and La revolución política durante la época de la independencia: el reino de Quito, 1808-1822.

Rodríguez’s work seeks to place the development of independent government in Mexico and the former Spanish America within the wider context of the Spanish political world. According to his analysis, the history of Mexican independence, the political system and practices Mexico adopted after 1821 and the creation of the first Federal Republic in 1824, can all be traced directly back to this and the political revolutions of the Spanish monarchy in the first decades of the nineteenth century. As he states unequivocally on the first page of the text:

Mexico’s experience was unique amongst the nations of the Hispanic World. Not because of its great insurgencies, but because, alone amongst all the kingdoms of the Spanish Monarchy, including Spain itself, it remained true to Hispanic juridical and political culture. Indeed, the charter of the Mexican Federal Republic, the Constitution of 1824, constitutes the culmination of the great Hispanic Revolution that erupted in 1808.

He uses this argument to reject any suggestion that Mexican federalism was forged using the US system as its mould. For Rodriguez, the only model for Mexico’s 1824 Federal Constitution was the Hispanic Constitution of 1812 (p. 332).

With this argument, Rodríguez disputes the central place the insurgency period has commonly had in Mexican historiography as the harbinger of independence. Instead, he puts forward the idea that “the political transformation within […] the Spanish Monarchy […] was the fundamental revolution” (p. 1). Moreover, he argues that Mexican insurgents did not actively desire full separation from the Spanish monarchy, but rather autonomy within the monarchy itself. Thus, in his analysis there was no meaningful independence movement before 1821, but rather “a series of disconnected movements […] ancillary to the political process” (p. 2).

As a result, Rodríguez’s text defends Hispanic political culture and rejects of any suggestion that Spanish or Mexican ideas were derivative of Anglo or Francophone thought. Indeed, in Chapter One, he clearly demonstrates the centrality of Hispanic political thinkers –like Francisco Suárez- and Hispanic seats of learning –like the University of Salamanca- to the development of jusnaturalist thinking in Europe and to the subsequent spread of the Enlightenment. In this chapter, he is also at pains to point out that New Spain was far from being the educational backwater it has often been painted, isolated from the outside world and its thinking. Rather, he argues that “New Spain possessed one the most intense and diverse networks of educational and scientific institutions in the Western world”, which meant that:

Educated novohispanos, like their Spanish counterparts, were modern, enlightened individuals who were well prepared to address the complex problems of their age. They were well versed in contemporary political thought which emphasized liberty, equality, civil rights, the rule of law, representative constitutional government and laissez faire economics (pp. 16-17).

Rodríguez’s insistence on the domestic origins of the Hispanic revolutions after 1808 is a reply to the pejorative historical narrative popular in the twentieth century which insisted that liberalism and constitutional government in Latin America were foreign imports doomed to failure because of the backward nature of its political culture: it predilection for strong autocratic leaders and for armed rebellions rather than elections and continued citizen engagement in public life.

Even so, Rodríguez’s desire to laud Hispanic culture and its political revolution leads him to indulge in inexact hyperbole on a number of occasions. For example, when he discusses Hispanic print culture and newspapers, he asserts that “The Diario de Madrid, founded in 1758, became the first daily newspaper in Europe” (p. 13). In fact, the first UK daily paper -The Daily Courant- circulated almost half a century earlier in 1702. Equally, when discussing the 1812 Cádiz Constitution, he makes the claim that this charter was the most “radical of the nineteenth century”, a claim that does not hold up to scrutiny if we consider the fact that the Constitution did not abolish slavery nor grant citizenship to those of African descent, nor did it create equality for all before the law (it preserved ecclesiastical and military fueros) or establish religious toleration. However, all these things would be constitutionally provided for in Mexico, for example, before the end of the nineteenth-century.

It is true that the 1812 Charter was one of the most radical of its political context. As Rodríguez points out, it establishes one of the most generous definitions of citizenship in the Atlantic world, even if (as he fails to mention) its use of indirect elections proved to be a very effective filter, concentrating the real decision-making in the hands of a reduced elite. Even so, it compares somewhat badly with the insurgent Constitution of 1814, which despite adopting the same indirect electoral system gave citizenship to “all those born in America” regardless of their race (art. 13) and abolished military and ecclesiastical fueros by declaring the equality of all inhabitants before the law (art. 19).

Furthermore, his refusal to entertain the idea that Spanish and Mexican constitutionalism bore any relation to their European and North American neighbours’ political systems flies in the face of much recent scholarship. The French constitution of 1791 has long been recognised as an important point of reference to the liberal elements of the Constituent Assembly of Cádiz, most recently by Ignacio Fernández Sarasola. Moisés Guzmán has demonstrated the familiarity of New Spain’s insurgents –especially Miguel Hidalgo- with US political tracts and state constitutions. For my part, I have studied the importance of British constitutional thinking for Independent Mexico’s politicians. Such studies do not indicate that Hispanic or Mexican nation-builders jettisoned their identities and inheritance in favour of foreign models. Instead, they show that the various Constituent Congresses in Mexico and Spain acted just as their counterparts in the former British colonies or France did before them: they studied the available examples and options before negotiating their own settlement in response to their particular circumstances.

Rodríguez’s text does not acknowledge the existence of this scholarship. It also fails to note the developments in Spanish legal historiography regarding the idea of the 1808 political revolution and the origin of the Cadiz Constitution. This is surprising because the most important hypothesis to emerge from this school is that Spanish constitutionalism in the early nineteenth century reformulated pre-existing institutions. Carlos Garriga and Marta Lorente, for example, maintain that the Cadiz assembly acted in consonance with Spanish constitutional tradition, not against it. They state that the Constitution merely dressed old institutions and concepts in new “constitutional clothes” and thus giving them new legitimacy. Including some debate of these ideas would have surely strengthened Rodríguez’s arguments and certainly aided his understanding of Hispanic constitutional history.

A further inexplicable absence in Rodríguez’s text is any serious discussion of the insurgency’s political aims in New Spain. He repeatedly argues that New Spain’s insurgents sought autonomy within, rather than independence from, the Spanish Monarchy and this assertion underpins his hypothesis that the insurgency had little or no role to play in the independence process. In fact, he has made this argument in all his texts since publishing The Independence of Spanish America in 1998. Since then, this hypothesis has been challenged on numerous occasions. Various historians have pointed out that while autonomy was certainly the aim of many from 1808 onwards, there were also insurgents who argued for the cutting of all political ties –that is to say, independence as we understand it today- throughout this period. Indeed, Ana Carolina Ibarra’s 2007 study of the uses of the word “independence” in New Spain between 1808 and 1821 affirms quite forcefully that it is not advisable to simply “translate independence as autonomy”, since within New Spanish “discourse the term has a contradictory and complex use”. In her text, she notes examples of the word being used to describe plans for New Spain’s autonomy and to denominate complete independence from Spain.

Other cases studies prove Ibarra’s point: Virginia Guedea’s study of Bernardo Gutiérrez de Lara’s insurgency efforts in Texas, shows that the constitution he published in Béjar in 1813 established the independence of the Mexican republic. Jesús Hernández Jaimes’s text about pardo and mulato involvement in the events of 1808 in Acapulco demonstrates their leaders’ wish for complete self-governance. This idea is also present in the work of Alfredo Ávila, who argues that although Morelos may have originally recognised Ferdinand’s sovereignty when he joined the insurgency, he quickly abandoned this position. He notes that by 1812, for example, Morelos openly opposed including any reference to Ferdinand in the constitutional plan being drawn up by Ignacio Rayón.

Finally, it cannot go unremarked that Carlos Herrejón, who has spent many years studying New Spain’s political and religious discourse, has been arguing for many years that insurgent leader Miguel Hidalgo was very clearly in favour of New Spain’s complete independence from Spain and the Spaniards:

There is no basis whatsoever for attributing [to Hidalgo] the [cry of ] “Long Live Ferdinand” in the Grito [de Dolores]. On the other hand, once in Guanajuato, [Hidalgo] banned people from talking to him about the king and did not want to mention him in any of his proclamations, nor in those he instructed others to write […] [I]n Guadalajara he ordered the portrait of Ferdinand to be taken away from his canopy; he replaced all mentions of “royal” with “national”, even the oath of loyalty for officials: now they had to swear loyalty to American rights rather than to the king. He explicitly declared rebellion against a despotic king a legitimate act and repeatedly talked of independence, which according to Mariano Jiménez [one of his trusted lieutenants] was absolute independence. [

Carlos Herrejón Peredo, “Tradición, modernidad y los apremios del momento: El Despertador Americano”, in Brian Connaughton (ed.), Religión, política e identidad en la Independencia de México (Mexico City: UAM-I/BUAP, 2010), pp. 216-217.

A year after the publication of Rodríguez’s work in Spanish in 2009, Herrejón published a study of the insurgent newspaper, El Despertador Americano, from which Rodríguez copied the “We are now the new Spaniards” quote. In this he took issue with the use of this phrase, which he claims is taken “out of context”. According to Herrejón, the quote is taken from a text addressed to the English and arguing for an alliance with England. He argues that by appropriating the title of “new Spaniards” and declaring themselves “the legitimate successors” of their subjugated rights, the author –Francisco Severo Maldonado- is asserting the insurgents’ assumption of the right to independence. To understand Herrejón’s point better it is helpful to confront the original Spanish with the translation Rodríguez offers in his text:

Nosotros somos ahora los verdaderos españoles, los enemigos jurados de Napoleón y sus secuaces, los que sucedamos legítimamente en todos los derechos de los subyugados que ni vencieron ni murieron por Fernando.

We are now the true Spaniards, the sworn enemies of Napoleon and his lackeys, the legitimate successors of all the rights of the subjugated [Spaniards] who neither won [the war] nor died for Fernando [VII].

Rodríguez’s translation shows he takes the subject of “subjugated” to mean the Spaniards oppressed by Napoleón. Herrejón argues that the real subject is actually the insurgents themselves, understanding their oppression to derive from Spanish government.
Apart from one lonely footnote, Rodríguez’s text makes no effort to engage (or indeed even mention) with arguments showing the existence of support for full independence amongst insurgent leaders. The footnote in question, number 58 in Chapter 3, makes oblique reference to it, in the sense that he recognises that many insurgent documents called for “independence”. In response he says that this word was used “in a variety of ways”, before going on to cite Nettie Lee Benson’s appreciation that the Spanish called the war against the Napoleonic invaders their war of independence, and that Mexican documents referring to independence, meant “independence from the French” (his italics) (p. 363). This quote comes from a text that was published in 1976 and can hardly be understood to answer the arguments of more recently published work.

To conclude, “We are Now the True Spaniards” is probably the most extensive expression in English of Jaime Rodríguez’s ideas on the subject of Mexico’s independence and the origins of its first government. Disappointingly, his text repeats much of what he has already published on the subject. It fails to engage with the most recent developments in historiography and, in some cases opts to ignore those which dispute his hypothesis. As a consequence, his arguments about the centrality of the Hispanic Revolution as the principal cause of Mexican independence remain unproven.

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To Combat Drug Violence and Corruption, Mexican Police Detain Student Activists…..

This afternoon, unidentified police officers snatched a student activist from the street in Mexico City. The student, Sandino Bucio Dovalí, studies Philosophy at Mexico’s National Autonomous University and has been active in the recent protests in Mexico City against the kidnapping of 43 student teachers and the murder of three others in from a rural teaching college in Ayozinapa in the southern state of Guerrero. The 43 student teachers were detained two months ago in confrontation with municipal police from Iguala and Cocula. According to Mexico´s Federal government, they were later handed over to a drug gang. It is believed they were murdered and burnt in a rubbish dump.

Armed agents from Mexico’s Special Investigative Police Department for Organized Crime (Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada or SEIDO), detained Bucio Dovalí as he left a busy metro station near the Autonomous University. This detention was captured on video. In the recording, it is clear that the agents –who were not wearing uniform- used excessive force and violence. When on-lookers tried to intervene to prevent what appeared to be a kidnap attempt, police agents threatened them with heavy duty rifles. SEIDO later confirmed the detention of Bucio Dovalí.

Bucio Dovali is not the first student activist to be arrested in the wake of the large demonstrations in Mexico City and a number of other towns and cities in Mexico. Last week, ununiformed elements of Mexico’s Federal Police attempted to arrest Bryan Reyes and Jaqueline Santana as they walked on the street. This attempt was thwarted by uniformed police officers who responded to the students’ cries for help. Federal police have accused Reyes and Santana of stealing 500 pesos (25 UK pounds or 45 US dollars) from its agents. Both students are now in prison awaiting charges.

These detentions appear designed to intimidate students from protesting against the disappearance and murder of the Ayotzinapa student teachers. The news of this event has provoked protests around the world and has severely affected the image of Mexico’s President Enrique Peña Nieto. In the two months since the student teachers vanished, there have been on-going protests throughout Mexico. Demonstrators want the Mexican government find the missing students and undertake actions that would put an end to the drug cartel’s violence. There is abundant evidence of collusion between Mexico’s politicians and the cartels, most obviously from the events of Ayotzinapa. As a result, the legitimacy of Peña Nieto’s government is being questioned daily in the press.

Moreover, in recent weeks, President Peña Nieto and his wife, Ángelica Rivera have also been facing allegations of corruption concerning a house built for Rivera by the building contractor who has undertaken many lucrative building projects for the Federal Government during Peña Nieto’s presidency.

In a speech delivered a few days ago, Peña Nieto threatened to use Mexico’s security forces against demonstrators. The detention of Bucio Duvalí and others in the past week suggest that he has resolved to fulfil his promise. Moreover, it appears that these arrests are only the start, as reports indicate that arrest warrants have been issued for many other student activists.

Instead of directing his energies to combatting the murders, kidnapping and people trafficking undertaken by the drug cartels, it appears Peña Nieto has decided to target students who are protesting against his handling of the disappearance of the student teachers from Ayotzinapa. In this context, the fact that the students arrested during last week’s demonstrations have been charged with inciting terrorism and participation in organised crime is chillingly ominous.

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“Me das risa con tu código de leyes”. John Adams sobre los derechos de la mujer

El 31 de marzo de 1776, Abigail Adams escribió lo siguiente en una carta dirigida a su esposo, el político independentista, John Adams.

“Tengo muchas ganas de oír que han declarado la independencia. Y, al respeto, en el nuevo código de leyes que supongo que escribirán, les pido que recuerden a las damas y que sean más generosos y favorables con ellas que sus antepasados. No pongan poder ilimitado en las manos de los esposos.

Recuerden que todos los hombres serían tiranos si pudieran. Si no nos otorgan el debido cuidado y la atención particular a nuestras personas, estamos resueltas a fomentar la rebelión y no nos consideraremos sujetas a cualquier ley en cuya elaboración no tuvimos ni voz ni voto.”

La respuesta despectiva de su esposo del 14 de abril del mismo año es famosa:

“Me das risa con tu código de leyes. Se nos asegura que nuestra lucha ha relajado las cadenas del gobierno por dondequiera; que los niños y los aprendices se han vuelto desobedientes; que hay turbulencia en las escuelas y universidades; que los indios faltan al respecto a sus tutores, y los negros son insolentes con sus amos. Pero tu carta es la primera insinuación que otra tribu, más numerosa y poderosas que todas las demás, estaba descontenta. Quizás es un cumplido demasiado grosero, pero eres tan traviesa que no lo voy a obviar.

Puedes estar segura de que sabemos mejor que derogar nuestros regímenes masculinos. A pesar de que estén en vigor, sabes que no son más que teoría […]; en la práctica, sabes que nosotros  [los hombres] somos los súbditos. Guardamos únicamente el título de amos, y en lugar de renunciarlo para sujetarnos por completo al despotismo de las faldas, espero que el general Washington y todos nuestros héroes valientes resistan.”

Adams tenía muy claro que el gobierno independiente que trataba de erigir era para el beneficio del hombre blanco europeo. La sugerencia de que los grupos subalternos pudieron pensar que luchaba también en su nombre simplemente le daba risa. Me temo que haya bastantes personas hoy en día que todavía sigan pensando de la misma forma.

[En original: “I long to hear that you have declared an independency. And, by the way, in the new code of laws which I suppose it will be necessary for you to make, I desire you would remember the ladies and be more generous and favorable to them than your ancestors.

Do not put such unlimited power into the hands of the husbands. Remember, all men would be tyrants if they could. If particular care and attention is not paid to the ladies, we are determined to foment a rebellion, and will not hold ourselves bound by any laws in which we have no voice or representation.”

“As to your code of laws, I cannot but laugh. We have been told that our struggle has loosened the bonds of government everywhere; that children and apprentices were disobedient; that schools and colleges were grown turbulant; that Indians slighted their guardians, and negroes grew insolent to their masters. But your letter was the first intimidation that another tribe, more numerous and powerful than all the rest were grown discontented. This rather too coarse a compliment, but you are so saucy, that I won’t blot it out.

Depend upon it, we know better than to repeal our masculine systems. Altho’ they are in full force, you know they are little more than theory […]; in practice you know were are the subjects. We have only the name of masters, and rather than give this up, which would completely subject us to the despotism of the petticoat, I hope General Washington and all our brave heroes would fight”.

Las cartas están disponibles en L. H. Butterfield, Wendell D. Garrett y Marhorie E. Sprague (eds.), Adams Family Correspondence I, December 1761- May 1776, Cambridge, CUP, 1963, pp. 381-383. También se pueden consultar en la página Letters of Abigail Adams.

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Shameful Attempts to Close The US National Archives for Black Women’s History

Until this month, the US National Archives for Black Women’s History was housed in the house of Mary McLeod Bethune, an African-American activist who was an adviser to President Franklin Roosevelt and  first lady Eleanor Roosevelt. However, as this article recounts, its administrators, the National Park Service, took the decision to close the archive on 18 February in order to rehouse it at the NPS Museum Services, in Landover, Md.

This decision followed years of substandard attention by NPS towards the archive. Going against its own rules, it has not ensured that there were rangers exclusively assigned to the archive and has made Bethune House serve as a visitor centre for another historic site. Money that has been set aside for the archive has also been used elsewhere. This lack of care and appropiate attention for the archive makes the decision to move it even more questionable.

A number of academics have protested against this change, and according to information given to me by the protest organiser, Prof. Bettye Collier Thomas, of Temple University,  this is having a positive effect. NPS Director Jonathon Jarvis has suspended the closure, but has not recinded the order. As a result, she is asking that supporters contact that NPS to insist it does the following:

  • To Rescind the order to shut down the National Archives for Black Women’s History (NABWH) and remove the collections from the Mary McLeod Bethune National Historic Site
     
  • To Appoint a replacement for Gopaul Noojibail as the NPS Acting Superintendent of the Bethune National Historic Site who describes himself as “The Closer”
     
  • To Restore to the Mary McLeod Bethune National Historic Site’s budget ALL funds previously appropriated by the U.S. Congress for housing and protecting the National Archives for Black Women’s History collections
     
  • To Resurrect and Reconstitute the Federal Advisory Commission as required by law
     
  • To Implement the General Management Plan as required by law – which includes the mandate to purchase property suitable for protection and expansion of the National Archives for Black Women’s History
     
  • To establish separate staffs for administration of the Mary McLeod Bethune and Carter G. Woodson National Historic Sites.  In 2005 the Woodson House became an affiliate unit of the NPS. 

To this end, Prof. Collier Thomas has issued a press release which includes a sample letter to send to Jonathan Jarvis and Secretary Sally Jewel. It can be accessed here:

SAVE THE BETHUNE ARCHIVES

Please take the time to write this letter. We cannot sit by while such an important archive is side-lined and neglected.

Mr. Jarvis’s email address -according to the NPS site- is: Jon_Jarvis@nps.gov

Thanks.
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Un paseo por Tamaulipas en 1831

La siguiente carta apareció en el periódico oficial del Gobierno de Tamaulipas, Guía del Pueblo el 6 de enero de 1831.

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Mi siempre apreciable amigo: tendrá Vd. presente que cuando estábamos juntos hablábamos varias veces sobre las circunstancias de este país, sobre su industria y el estado de civilización en que se halla. Se acordará V. también de que opinaba yo que las ideas que generalmente se tenían de Tamaulipas eran inexactas y desfavorables, y que constantemente sostenía que había más ilustración de la que comúnmente creen algunos, que puedan, que el mundo está reducido a los horizontes que divisan, y que únicamente el país en que residen es ilustrado, tal fue mi opinión se me presentó ocasión de confirmarme en ella, porque je visto por mis propios ojos la verdad.

No diré de la capital del estado, ni de otros pueblos en que por ser frecuentes de personas ilustradas, ha adelantado la civilización, y el buen gusto, y diré solo de un rincón del estado, donde parece que la naturaleza quiso esmerarse en sus producciones, y que bastaría ligeros impulsos para hacer de aquel duelo un nuevo paraíso. Voy al intento.

Estuve aunque de paso en la Villa de Hidalgo, y noté que tiene un suelo feras [sic], susceptible de mucha agricultura, y que produciría frutos de todas clases, porque abunda de agua, y es muy fácil llevarla a regar inmensos terrenos. Aquella población debía ser una de las mejores por sus elementos; pero solo su nombre estremece, porque ha sido plagada de unas calenturas, mortíferas, de modo que son allí endémicas. Hidalgo no podrá jamás adelantar, porque su localidad lo hace mal sano, y si no se repoblara con gentes de fuera, pronto se despoblará. Mas si va a decirse la verdad; el mal es de fácil reparo, pues a corta distancia hay un sitio, donde e pudiera poner la población, con la seguridad de gozarse un temperatura benigno, sin perder las ventajas de la agricultura. Si aquellos vecinos hicieran un esfuerzo a trasladarse harían un servicio a la humanidad, y al estado, y su posteridad disfrutará bienes indecibles. Trasládese la población, y aquella Villa será de lo  mejor, y más sano, y se evitará el inconveniente de las inundaciones q que de ve expuesta mucha veces por la malísima situación que tiene.

De Hidalgo a Villagrán es un camino delicioso, y el terreno capaz de todas producciones; pero las haciendas están casi abandonadas, y al paso que la naturaleza ha sido prodiga la industria anda mezquina.

Luego que llegué a Villagrán procuré encargarme de aquel terreno, y lo encontré fértil, abundante en pastos, muy fácil de adelantos. Se cultiva allí hace poco tiempo la caña dulce, y se labra excelente pilón, y se haría bien azúcar si hubiera inteligentes. El terreno donde está planteado el pueblo es desigual, y a primera vista parece desagradable; pero yo le he comparado con una concha, que aunque su exterior no sea bueno, contiene dentro una preciosidad. Baña las orillas del pueblo un río pequeño, que visité, y cuya agua me pareció de lo mejor. Yo me deleitaba en ver aquellas corrientes cristalinas, y después he reflejado que con su murmullo reprendían mi indolencia y me daban a entender que había otros objetos que me habían de embellecer.

Son injustos, ciertamente, los que han supuesto al bello sexo incapaz de conocimientos sublimes, y lo son también los que quieren que en Tamaulipas no hay cultura. Yo hago la justicia, que debo, y soy testigo presencial de que aquellas ideas son equivocadas. En Villagrán, en aquel pequeño pueblo, donde no hay concurrencia de forasteros, ni tráfico, ni otro motivo de civilización encontré que el bello sexo es privilegiado y aquellas señoritas están excelentemente dispuestas por la naturaleza. Concurrí a algunas diversiones de baile y tuve la oportunidad de ver por mí, y muy de cerca las cosas. Noté que el bello sexo es allí agradable, y de buen gusto. Vi ejecutar algunas piezas de baile con primor, y tienen las señoritas cierto aire, que embellezca. Facciones finas, color hermoso, cuerpos gallegos, trato sencillo y franco; es lo que hace amables aquellas señoritas. Yo tuve el placer de decir algunos versos que aunque mal improvisados, expresaban mi arrebato, y logré elogiar aquellas bellezas sin causarlas rubor, pues ellas tenían oír un comedimiento mis expresiones, que eran en realidad la efusión sincera de mis sentimientos. Aunque algunas señoritas no concurrieron a las diversiones, pude verlas en sus casas, y puedo asegurar a V. que encontré que si avenís les ha prodigado sus gracias, no anduvo mezquino Minerva con sus dones; pues, reúnen la discreción a la hermosura. Yo, amigo mío, tuve ratos deliciosos, y me parecían estériles los gustos pastoriles de oír murmullos las aguas, y moverse con el zafiro las hojas de los arboles. Yo no me parecía agradable el paseo por las márgenes del río, pues aquellos seres in cantadores me lisonjeaban incomparablemente más.

Va ya muy larga esta carta, aunque nuca me parece que lo soy en celebrar las gracias del bello sexo. Tal vez se creería que soy un visionario; pero aseguro a V. que digo poco y que lo más queda en el tintero. Jamás podré olvidar unos momentos de ilusión placentera, y siempre sostendré que en general, aun no se conoce bien el mérito del bello sexo de Tamaulipas,

Soy como siempre &c

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[Gracias al trabajo del Lic. Juan Rodríguez del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, una versión digital de este ejemplar del periódico se puede consultar en línea.]

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