“El espíritu de partido” Sentimientos de 1833 ¿relevantes para 2012?

Comparto el siguiente texto de 1833 tomado del periódico oficial del momento acerca de partidos y la constitución. Me parece que sus argumentos siguen relevantes hoy, sobre todo en el contexto de la elección presidencial.

ESPÍRITU DE PARTIDO

(El Telégrafo. Periódico oficial del Gobierno de los Estados Unidos Mexicanos, tomo 2, núm. 62, jueves 11 de julio de 1833, pp. 2-3. )

Dícese comúnmente que el espíritu de partido propios de los que tienen muy poco ó ningún entendimiento; pero nosotros estamos persuadidos de que podría añadirse también, que tienen poca ó ninguna voluntad. En efecto, ¿qué es el hombre que se declara miembro de un partido? Un ser que renuncia al uso de su razón, y que se reduce al estado de no disfrutar jamás de la facultad de pensar. Es un enfermo que se contenta con su dolencia y no quiere los medios que podrían conducir á su curación: es finalmente una máquina que está dispuesta á que cualquiera gente se apodere de ella, y la destine al uso que más convenga á su arbitrio ó ambición.

La mayor parte de los que llamamos hombres de partido, ignoran absolutamente, no solo el objeto de su Jefe, sino también los medios de que se vale, y á contribuyen ellos mismos como instrumentos. Si se les propone una cuestión, si ocurre un incidente en presencia suya, antes que hayan podido consultar á los de su partido, su opinión suele ser conforme y arreglada á los que dicta la razón general, y al sentido común de todos los hombres; pero si los corifeos de su partido manifiestan luego un modo de pensar contrario, ya sus ojos ven de distinto modo aquel objeto, y en su alma se borra toda impresión de la idea anterior. Desde aquel instante ya no alcanzan reflexiones, ni sirve recordarles su primera aserción, porque no se logra el convencimiento, y se adquiere un enemigo irreconciliable, cuya venganza no reconocen otros límites que los de la pasión.

La moral de los hombres de partido, es enteramente diversa de la moral universal; porque así como ésta está fundada en principios fijos y estables, los cuales hacen que lo que es bueno en un país no pueda ser moralmente malo en otro ninguno, aquella no reconoce como buenas ó malas las acciones, sino por la conformidad ú oposición que tienen con las máximas que ellos miran como inconcusas. Todo el que no es fanático por su doctrina, pasa muy pronto á ser sospechado de hereje ó de refractario político, sin que se tenga la menor consideración á sus razones, ni á sus pruebas. La exaltación es el mérito principal, ó por mejor decir, el único que puede contraer quien aspira á ser tenido por excelente partidario.

Fulano es hombre de bien, tiene buen modo de pensar: esto quiere decir que fulano pertenece al partido del que hace el elogio: por el contrario, aquel es un infame, un perverso, un canalla, no significa más sino que aquel es de un partido diferente. Las acciones mas ruinas como el espionaje, la delación, y la venganza secreta, son miradas como virtudes cuando contribuyen al triunfo y al aumento de partido propio, al paso que son pintados con los colores más horribles cuando se ven ó se suponen en algún partido contrario.

La tolerancia sobre todo, es el crimen más imperdonable para cierta clase de hombres, á quienes debe considerarse en un estado permanente de delirio: miran como un insulto el menor disentimiento de sus ideas, y contra la más ligera equivocación no fulminan menor castigo que la muerte. El universo entero sería destruido, si las fuerzas físicas de un partido correspondiesen al furor de los fanáticos que le abrazan. Las voces de patria, de virtud y honor, representan ideas vagas, si no se acompañan con la de la elevación de sus parciales: todo el que no pertenezca á esta facción es un enemigo público, un traidor de la sociedad, un usurpador de los empleos que debieran repartirse únicamente entre los que aquella llama buenos.

El primer lema de todos los partidos, se reduce á estar palabras: el que no está por mí es mi enemigo, y yo debo emplear cuantos medios estén á mi alcance para perderle. ¿De qué me sirve que tal ejército haya conseguido una completa victoria sobre los enemigos de mi patria, si el General que estaba á su frente mira mi partido con desprecio? Yo debo calumniarle y propalar por todos los corrillos, que ninguna parte ha tenido su valor ó su peripecia militar en el buen éxito de la empresa, y que la ventaja se ha debido á tal ó cual movimiento espantoso que mandó hacer alguno de mi facción contra las intenciones del General en Jefe.

Se rinde alguna plaza al enemigo después de haber resistido sus ataques con denuedo, y soportado toda clase de privaciones con heroicidad: desgraciado el Gobierno que la mandaba, si no era de los míos, porque he de publicar en todas partes que fue un cobarde, un inicuo y un traidor.

Publícase un escrito moderado, juicioso, recomendando el orden, la suavidad y la tolerancia de opiniones, haciendo ver los males que pueden seguirse de la exaltación y acaloramiento, mostrando los peligros que amenazan á la patria si al poder de las leyes sustituimos el influjo de las pasiones: este escrito es incendiario, se dirá es injurioso y subversivo porque ataca á los buenos: yo debo entregarlo al fuego, perseguir á su autor, calumniarle y declararle una guerra de muerte. No le denunciaré al Tribunal competente, porque temo las resultas de juicio; pero excitaré á todos á que le maldigan, truncaré sus palabras, envenenaré sus intenciones, y por de pronto conseguiré que los que no hayan leído, formen de él, sino un juicio siniestro, á lo menos poco favorable.

Si el Gobierno propende á la dulzura, quiere hermanar con la justicia cuanto quepa en la gracia, yo gritaré como un frenético, tachando de debilidad su beneficencia; recordaré antiguos defectos; inventaré crímenes horrendos, que atribuiré á los que miro como odiosos; mendigaré firmas entre los individuos de mi facción, para que tomando el nombre del pueblo, arredren á los tímidos y seduzcan á los incautos. Presagiaré desastres y reacciones si no se erigen patíbulos en todas las plazas. Me lamentaré amargamente de que nuestra revolución se haya hecho sin sangre, y diré que el árbol de la Libertad se secará muy pronto por falta de este riego que les es tan propicio.

Mi furor crecerá sin límites, si algún contrario á mi partido llega á ocupar el taburete ministerial. ¡Oh que injurias vomitaré contra su persona, contra sus ideas, contra sus más juiciosas providencias! Al instante extenderé la voz de que está vendido á una Potencia extranjera; apostillaré sus circulares; diré que es orgulloso, venal, inepto, arbitrario, despótico, y enemigo del actual sistema. Mis voces serán repetidas en todos los corrillos, y si alguno emprendiere su defensa, será tratado por mí y por los míos de vampiro y de bajo adulador.

Por el contrario: si alguno de nuestros atletas llegara á ocupar un Ministerio, publicaremos sus virtudes, su entereza, su desinterés y su capacidad, mientras nos durase la esperanza de que premiaría nuestro celo; mas gurdárase [sic] de no acceder á algunas de nuestras pretensiones, porque desde aquel momento nos conjuraríamos contra él con doble furor, y tarde que temprano lograríamos su ruina.

El Congreso mismo á pesar de su inviolabilidad será violentado moralmente en sus deliberaciones, y cada individuo de él marcado ó con el baldón ó con un elogio que no merezca. El moderado pasará por servil: el liberal por anarquista, el prudente por emplastador, y el decidido por turbulento. Sus personas serán sagradas enhorabuena; pero su reputación será hecha trizas por nuestras leguas envenenadas.

Este es, sino el lenguaje, el giro á lo menos de las ideas de todos los hombres, que en vez de unirse con sinceridad á los intereses de la patria por la línea que traza á todos la Constitución, se forman en sí mismos otra patria á su modo, de la cual solo son ciudadanos los que se unen á sus planes, sus modos de ver, y acaso á sus crímenes.

Todos estos toman por pretexto su amor á la Constitución, y aun llegan á persuadirse que la aman y la defienden, como si la Constitución necesitase de tales atletas, ni de tan furibundos amadores. Lo que exige la Constitución es una perfecta obediencia á las leyes, y una conformidad absoluta con sus disposiciones. Permite y autoriza la discusión de todos y cada uno de los autores que ella crea; pero no sufre que bajo el pretexto de celo ni de pretendido amor, se atreva nadie á contravenir á sus preceptos.

El espíritu de partido es anticonstitucionalista por esencia, y su acción no se dirige mas que á destruir los principios del orden social, los cuales estriban todos en la ciega obediencia á las leyes. Mientras que el Poder Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial no marchen libremente y sin obstáculos directos ni indirectos por la senda respectiva de sus atribuciones, la Constitución no existe de hecho, por mas que blasonemos de amarla.

¡Plegue al cielo que la voz de partido no se use jamás, sino para expresar la irrevocable decisión de todos los ciudadanos á unirse al de la razón, que es el único conveniente y compatible con la Constitución!

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