Sobre la misoginia en Nexos

Desde que el editor de Nexos, Héctor Aguilar Camin publicó un artículo en el periódico Milenio en el que dio a conocer la baja representación femenina entre sus colaboradores, he esperado una discusión académica y razonada del tema dentro de las páginas de esta prestigiosa revista. Soy una lectora ávida de dicha publicación, pues es un espacio de debate e información acerca de muchos temas de mi interés personal y profesional, pues soy estudiosa de la historia política de México y las ideas políticas del siglo XIX. En la revista del mes de noviembre salió un texto del literato, Luis González de Alba, con el título “De género y cuotas”, el cual leyó con la expectación de que se trataría de esta cuestión con la seriedad que caracteriza los trabajos de Nexos. Desgraciadamente, me llevé una decepción muy grande. El texto en cuestión pretende ser una discusión del problema de la poca participación de mujeres como articulistas en la revista desde una óptica científica; no obstante, resulta ser un ensayo de opinión cuyas principales hipótesis podrían originar en los periódicos decimonónicos que estudio por fines de mi trabajo. Intenta disfrazar viejos perjuicios contra la mujer con el título de hechos científicos y en ningún momento se da la tarea de indagar las posibles explicaciones por la falta de mujeres entre los autores de Nexos.

Las hipótesis que ofrecen De Alba son -desde cualquier ángulo- difíciles de sostener con referencia tanto a la ciencia como a los estudios de género (los últimos parece no considerar lo suficientemente importantes para leer antes de escribir un artículo de esta naturaleza). Su primera aportación al debate es el primer y añejo recurso de los argumentos que se han empleado contra la mujer desde que ésta empezó a exigir la entrada al mundo político: la marginalización femenina es culpa de las mujeres y su naturaleza. Sostiene que hay muchas contribuciones por mujeres porque las mujeres no las escriben. No escriben, porque en lo general no leen a Nexos pues, no les gusta leer sobre “los carteles de la droga, las despenalización y […] largos artículos de política nacional”. Aunque tiene la gentileza de aclarar que algunas de nosotras quizás nos interesan estos temas, su observación parece hacerse con el fin de señalar la excepción que hace la regla. Para terminar bien este insulto, no más le falta observar que tales cuestiones nos parecen demasiado complicadas por nuestro reducido intelecto femenino y opinar los temas de belleza y familia son más apropiadas para nuestro degusto. ¿Por qué queremos llenar nuestras cabezas bonitas con cosas tan desagradables?

Del obispo de Guadalajara, quien opina que el feminismo es una aberración o el de Querétaro que lo veo como el raíz de todo mal social, tales ideas no son sorprendentes, pues la Iglesia Católica ha perfeccionado el arte de menospreciar a las mujeres desde hace muchos siglos. Pero desde un escritor laico con una preparación amplia es bastante desconcertante. ¿Realmente opina De Alba que la explicación para la poca presencia femenina en Nexos se reduce al hecho de que a las mujeres no les interesan los temas de que trata esta revista? ¿Es completamente ignorante de la posición desventajada de la mujer –en pleno siglo XXI- en el mundo profesional y académico mexicano? Para ser más preciso: dudo mucho que Nexos hubiera publicado un artículo en el que el autor sostuviera que la razón por la que no hay muchas participaciones por parte de gente de origen indígena o hombres de clase obrero en la revista por el simple hecho de que a esta gente no les interesan los temas que se trata en ella. Pero, claro que no hay. De Alba está en lo correcto creer que una respuesta a la cuestión de la poca participación femenina (o indígena incluso) se encuentra en la composición de los lectores de la revista. Los colaboradores y lectores de la revista, en general, provienen del medio profesional y académico mexicano. Sospecho que la mayor parte de ellos cuentan con al menos una licenciatura y probablemente, con es mi caso, con estudios de posgrado. Dentro de este medio predominan las personas de recursos mayores, y quienes en general provienen de familias que en siglo XIX se decía “de bien”, y son, en su gran mayoría, hombres. El mismo sistema educativo y académico que privilegia a los que proviene de la clase media y clase media alta, también privilegia a los hombres dentro de ella. Como resultado, incluso dentro de este círculo de los privilegiados, puede haber equidad entre los sexos; en el alumnado de las mejores universidades del país por ejemplo, o hasta predominancia femenina en ciertas carreras. No obstante, en el nivel de los doctorados y más aun, a nivel de los investigadores con plaza, en todas áreas son más los hombres. Para dar un solo ejemplo. La semana pasada asistí a un coloquio en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). De los dieciséis ponentes, tres de nosotros éramos mujeres. El público, en cambio, que se componía del alumnado de esta institución, era muy mixto y no se discernía ninguna mayoría obvia de un sexo sobre el otro.

Hablo desde luego del famoso “techo de vidrio” que los estudiosos de temas de género usan para describir cómo a la mujer se le dificulta llegar a las posiciones más altas dentro de las organizaciones empresariales y otros lugares de trabajo. Las causas de este “techo” son varias, pero en todo mis lecturas acerca del el tema no creo haber topado con la idea de que a la mujer no quiere avanzar más pues no le interesan las tareas de su profesión. Más bien las investigaciones señalan una mezcla de factores, entre provisiones laborales que no favorecen a la mujer (por ejemplo, la que supone largas horas de trabajo fuera de un horario fijo, o la poca licencia de maternidad que estipula la ley) así como las perjuicios culturales en las que éstas se fundan (que la mujer es la única responsable para cuidar a los hijos que procrea con su pareja, idea que permea nuestra sociedad, y que permite al hombre cumplir con estas largas horas si tiene una esposa en casa para cuidar a sus hijos). Finalmente, indican otras razones culturales que no tiene origen en la legislación laboral per se: la preferencia para nombrar a un sobre una mujer hombre para una posición de alta responsabilidad por parte del jefe, por ejemplo. Algunos países avanzados en la materia, como Finlandia, ofrecen términos iguales para hombres y mujeres como derechos laborales acerca de los niños. Incluso dan el mismo número de semanas de licencia cuando nazcan los hijos de la pareja. De este modo se cancelan muchas de las ventajas masculinas en el lugar de trabajo. Otras, como México, hacen legislación que intentan promover la equidad de género; aunque, desgraciadamente para las mujeres, las leyes por sí solas no terminan con los perjuicios culturales.

La segunda hipótesis de De Alba de porqué las mujeres no están bien representadas entre los colaboradores es más preocupante, pues es aquí donde intenta disfrazar su argumento decimonónico con ciencia veintiunañera. En esencia, pretende que lo que considera el poco interés de las mujeres para participar en Nexos se puede explicar desde el punto de vista de la biología evolucionaría. Si lo entiendo correctamente, plantea que la entrada de la mujer al campo de trabajo es un resultado artificial de “una democracia [que] no puede establecer restricciones”. Con recurso a ejemplos tomados del deporte –y, un tanto sorprendentemente, no de trabajo- señala que los hombres han creado muchos deportes a los que luego las mujeres han presionado para entrar. En su opinión, las mujeres deportistas en su ejemplo del deporte de surf “no son muchas … ni muy buenas”; descripción que es difícil no leer como una descalificación general al mujer deportista hasta incluso también de la mujer trabajadora, pues se supone que se trata del ejemplo que comprueba su teoría que la entrada de las mujeres tardíamente al campo de trabajo es artificial, y por lo visto, algo que contribuye poco a su desarrollo. Afirma que la pretendida superioridad masculina en el campo deportivo es resultado de la evolución pues, los hombres son naturalmente competitivos y por ello “son diseñados por la Madre Naturaleza para reproducirse mucho y morir jóvenes”. Desde su punto de vista, publicar artículos en revistas como Nexos, es “parte del [mismo] ánimo competitivo del macho”: ‘Soy el mejor’, dice a sus posibles conquistas, “mira dónde me publican’.” Algo que las mujeres no sentían la necesidad de hacer, pues en sus palabras “miran, como leona aburrida, a sus atareados pretendientes o cónyuges”.

Sobra decir que De Alba no hace referencia a ningún trabajo científico para sostener estos argumentos. Cita un estudio que demuestra que los hombres de cualquier edad son más proclives de morir en accidentes de automóvil que las mujeres; pero, esto no comprueba más que esto. Ciertamente no demuestra que la biología puede explicar de manera completa la sociedad y cultura en que vivimos como seres humanos. No lo hace, porque estudios científicos serios que atribuyen a la biología evolucionaría la explicación única y definitiva para todos los aspectos de nuestra cultura no abundan. [1] Lo generalmente proponen es que hay fundamentos biológicos que explican algunos de los orígenes de nuestra cultura, lo que es muy distinta. Los humanos nos diferenciamos de la mayor parte de los animales precisamente porque hemos desarrollado nuestra conciencia de ser, la facultad de habla y la creación de sociedades complejas. Para hacerlo hemos burlado repetidamente de nuestra herencia biológica. Hemos combatido enfermedades, controlado nuestra fertilidad e inventado varias maneras de escapar de sufrir dolores altamente naturales. A lo largo de milenia hemos creado unas sociedades y culturas vastamente distintas ente sí de manera muy artificial, con fines distintos. Repito, es innegable que la biología y la evolución han tomado parte en formar estas culturas, pero la enormes diferencias entre las muchas que existen hoy, son una indicación muy claro de que no todo ha sido producto de la evolución.

Lo que encuentro más alarmante en este argumento fatalista de De Alba de que las desigualdades que existen en nuestra sociedad son productos de la evolución, es que sugieren, por ende, que no pueden ni deben cambiarse. Nexos no debe buscar más contribuyentes mujeres; las mujeres no deben tomar un papel más significativo en la vida política del país; y finalmente (y, a propósito de su comentario acerca de la leona) la mujer es naturalmente una espectadora pasiva del mundo de los hombres, aburrida por lo que ve. Con actitudes de esta naturaleza, De Alba se acerca a la corriente de opinión reaccionaria y misoginista de la Iglesia Católica. Simplemente substituye “la evolución” o “la Madre Naturaleza” por la figura divina para excusar su rechazo a la marginación de la mujer por la sociedad mexicana.

En fin, creo que las razones por las que hay pocas autoras dentro de los colaboradores de Nexos no se pueden reducir a la biología ni la teoría de la evolución. La culpa la tiene también la manera en que nuestra sociedad privilegia a los hombres, y sobre todo a los hombres de sus altas clases sociales, en las áreas de educación, política y, derecho laboral.

**Este texto se publicó por primera vez en Nexos, no. 397, enero de 2011, pp. 27-29.**

[1] Textos que tratan del tema de la teoría evolucionaría, la biología y la psicología evolucionarías en relación con sus aportaciones al estudio de las mujeres son los siguientes: Cordelia Fine, Delusions of Gender, Londres, W. W. Norton, 2010; Sarah Blaffer Hrdy, The Women that Never Evolved, Harvard University Press, 1981; y, de la misma autora, Mother Nature: Natural Selection and the Origin of the Species, Chatto and Windus, 1999 y Mothers and Others. The Evolutionary Origins of Mutual Understanding, Belknap Press, 2009. También véase, Griet Vandermassen, Who’s Afraid of Charles Darwin? Debating Feminism and Evolutionary Theory, Rowman and Littlefield, 2005.

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