Misoginia e hipocresía en el caso de la edecán del debate presidencial

El atuendo de la edecán Julia Orayen en el reciente debate presidencial organizado por el IFE fue motivo de muchos comentarios en las redes sociales durante y después del evento, así como en las discusiones mediáticas post-debate. Cuando se descubrió –además- que la Sra. Orayen había aparecido en las páginas de la revista Playboy, muchas personas expresaron su disgusto y desacuerdo por su breve participación en el debate. La mayoría de las críticas al IFE por su decisión de emplear a una persona vestida como la edecán tenían un tono moralizante. Tal fue la reacción que al día siguiente, el consejero presidente del IFE, Leonardo Valdés Zurita, se vio obligado a ofrecer una disculpa al público y a los candidatos y lamentó “el desacierto de producción asociado a la vestimenta de una edecán durante el primer debate presidencial.”

​Por supuesto que nadie hubiera siquiera parpadeado si la Sra. Orayen hubiese aparecido en un programa de concurso o en una transmisión de box. ¿Por qué hay indignación cuando se trata de un debate organizado por el IFE? La respuesta nos parece bastante sencilla, aunque –hasta donde sabemos– no reconocida en el debate mediático en torno a su presencia. A saber, el atuendo revelador de la Sra. Orayen puso en clara evidencia el machismo latente que motivó la decisión de contratar una modelo como edecán. La presencia de la edecán tenía como propósito complacer el morbo masculino. Sin embargo, el escándalo de los comentaristas y la subsiguiente disculpa por parte de Valdés, se centraron en el hecho de que la Sra. Orayen no respetó las reglas de la sociedad al vestirse de un modo “inapropiado” para la ocasión. Las críticas y la disculpa, por consiguiente, también fueron bastante machistas. La molestia no era por el rol desempeñado por la edecán, sino por evitar ocultar su condición de objeto con ropa más formal, como el evento requería.

​De manera que el escándalo provocado por el atuendo de la Sra. Orayen es un asunto digno de comentar, porque resalta un elemento inaceptable en la vida pública mexicana: el uso cotidiano de edecanes femeninas como decoración en eventos políticos y culturales, por no hablar de las que se emplean regularmente en los programas de televisión. La presencia de estas mujeres en presentaciones de libros, eventos universitarios y eventos políticos rara vez merece comentarios. Generalmente, se les encomienda una tarea menor: por ejemplo, distribuir programas o repartir boletos, como en el caso del debate; pero su función principal es vestirse de manera seductora y sonreír. Por lo regular se les imponen reglas estrictas acerca de la ropa que puede llevar y el maquillaje. No es casual que los anuncios de trabajo especifiquen que las aspirantes deben tener “buena presentación.”

​En otras palabras, el uso de la edecán como decoración es un claro ejemplo de cómo la sociedad machista convierte a las mujeres en objetos. Subraya que la mujer existe principalmente para complacer a la mirada masculina y para adornar su mundo. Al encargarle trabajos menores de apoyo se le obliga a replicar el papel de esposa o hija en la esfera pública y de este modo se reitera la idea de que la primera tarea de la mujer es servir al hombre. Por estas razones el empleo de edecanes decorativas en eventos políticos es inaceptable, independientemente de su atuendo. Su inclusión en un evento donde hay participación femenina activa e importante–como en el debate reciente– es sumamente ofensivo, pues pareciera que su presencia busca recordar al público que deben juzgar a las mujeres, sobre todo, por su aspecto físico –si son suficientemente atractivas, si se visten bien, si tienen bien puesto el maquillaje– en lugar de prestar atención a lo que dicen o proponen.

​Habría que analizar si los roles accesorios que se asignan a las edecanes son realmente necesarios, por ejemplo, recibir y acompañar a los invitados, ofrecerles agua o algún bocadillo, llevarles las tarjetas etc. Si no lo son, la presencia de dichas mujeres debería evitarse. Si lo son, ¿por qué utilizar exclusivamente mujeres? Los hombres también podrían desempeñarlos adecuadamente. Las instituciones comprometidas con la construcción, consolidación y socialización de los valores democráticos, como el IFE, no deberían contribuir a promocionar prácticas sexistas; ni por obra ni por omisión.

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