Conducta y mecanismo que debe observarse en los planes, pronunciamientos y gritos

El siguiente texto fue remitido al periódico de José María Luis Mora, El Observador de la República Mexicana, en 1830. Ofrece una interesante tipografía de la práctica mexicana de pronunciarse en el siglo XIX.

Conducta y mecanismo que debe observarse en los planes, pronunciamientos y gritos

Cuando el número de descontentos con el orden de cosas existentes vaya creciendo, se establecerá un periódico contra la administración presente: se dirá mucho del descontento de los pueblos, de las contribuciones que pesan sobre los pobres; que los empleos se dan á cierta cofradía. Si el gobierno pertenece al rito de York, se dirá que solo los yorkinos son empleados; que la canalla se ha apoderado de todos los destinos; que los empleados son ladrones, dilapidadores, inmorales, ignorantes, nunca se olvidarán, ni la Acordada ni el Parián, ni lo que cada uno pudo pescar en este rio revuelto: las facultades extraordinarias que se concedan al gobierno aunque no haya hecho uso de ellas, tampoco se dejarán en olvido. Si el gobierno fuere escocés, los artículos de acusación serán: la aristocracia, el centralismo, la monarquía, el plan de Iguala, los tratados de Córdoba, el príncipe de Luca, la dependencia de los extranjeros, la protección á los gachupines y la falta de libertad en las cámaras por el influjo de la fuerza. Para todo esto hay escritos muy bellos y elocuentes, tratados de difamación que recientemente se están dando en nuevas ediciones bajo los diversos títulos de Sol, Atleta, Gladiador, con otros auxiliares como Muerte y Regeneración política de la república, Bocadito picante, De la actual conspiración es el regente fulano, Con ahorcar medio docena se acabará la maldad, Hasta que pagó Guerrero lo que hizo con Iturbide &c. En todos estos papeles se ha de procurar siempre manifestar: que el gobierno presente, lejos de afirmarse está para caer; que los pueblos lo odian; que ya no sufren la opresión; que en tal otro punto se ha pronunciado otro; que aquella legislatura ha hecho iniciativa para que se separa á los ministros; que esta otra para que salgan las cámaras de la ciudad federal; la de mas allá convida á una coalición, y la de más acá pone sus milicias cívicas sobre las armas para defender el sistema en caso de ataque: por el Bajío tal patriota ha reunido un ejército formidable con hombres que le nacieron de las piedras, y que ni comen, ni beben, ni visten; están brillantemente armados, equipados y municionados, andan mucho, y nunca llegan á la capital. Todo esto, á fuerza de decirse, llega a producir algo.

    Entre tanto, el primero y principal objeto ha de ser la tropa: el gritador o pronunciante [sic] que pueda disponer de más de un cuerpo, ya se puede contar, si no por héroe, al menos por actor muy distinguido en el teatro político; y ya puede tener dispuesto su planecito de pronunciamiento para dar su grito, seguro de que los otros cuerpos, por no ser de menos ó por no batirse con sus hermanos, van gritando con ellos hasta aturdir los gritos á toda la república. ¿Pero de qué modo seducir á la tropa? No hay cosa más fácil y sencilla: seducir al jefe del cuerpo con la esperanza de un ascenso. ¿Y si este jefe es incorruptible? Tanto mejor: su segundo tiene interés en sucederle, y él lo despojará en el santo nombre del nuevo pronunciamiento. La tropa se dispondrá luego con la esperanza del pago de sus haberes para lo futuro, y de sus atrasos al contado.

    Dos maneras hay de pronunciarse cuando ya están dispuestos los cuerpos militares. La una cuando el jefe de un ejército o de una división hace él mismo y proclama su plan, reuniendo una junta de jefes y oficiales por estamento, con los representantes de las clases, en la cual junta se lee el plan, se firma el acta de adhesión y se presta el juramento. Esta manera de pronunciarse es la más franca, ó la menos hipócrita. La otra es, cuando el jefe principal, teniéndolo todo dispuesto, es hace solicitar y esperar vestido en su casa que se le vaya á intimidar el plan, suplicándole á nombre de los pronunciados que les haga el honor de ponerse á la cabeza para salvar la patria y reconquistar el reinado de la justicia, recogiendo no solo laureles, sino frutos óptimos en la viña de que se va a despojar al actual ocupante. Las arengas son las mismas: se rehúsa, se escusa exponiendo delicadeza, dificultades y embarazos que al fin se remueven pasando sobre ellos; en fin, se dejan vencer los solicitados para quejarse después de haber sido vencidos y forzados como el sexo débil. Todo esto pertenece al género cómico.

    La estrategia de los pronunciados varia también mucho; unos se retiran al monte Aventino como los plebeyos romanos; se pronuncian otros en sus cuárteles y en el recinto de las ciudades y de los pueblos, desde donde en el mejor orden hacen sus descargas contra el local en que reside el gobierno, hasta que se les abren las puertas y todo queda allanado, como cuando en la función del domingo de ramos al primer golpe de la cruz se abren las puertas del templo. Los que pronuncian fuera, siempre tienen que hacer alguna cosa en la capital; así es que pronunciarse y sacar el pie izquierdo al aire para emprender la marcha, todo viene á ser uno. Cuando el pronunciamiento no sigue inmediatamente la marcha, es porque la breva no está madura, ó porque falta algo para el viaje; en este caso, se evoluciona y se hacen marchas y contramarchas, siempre revolteando [sic] estratégicamente, y moviéndose para ver si otros se mueven y facilitan el paso á los estratégicos. Mientras tanto, no se debe permitir descanso á los guerrilleros; los unos escriben, los otros aparecen con sus volantes partidas en los pueblos; siempre como vampiros haciendo sus travesurillas, y no dejando mas rastro para ser seguidos y descubiertos, que el que deja en los aires el vuelo de los pájaros, ó la culebra en la peña, ó el pez en la agua, ó el hombre en la mujer, como decía el rey Salomón.

    Los simples ó ingredientes de que se compone todo plan de pronunciamiento son: La base (para explicarme como los químicos en sus composiciones), que se formará de dos artículos.

1o. El mantenimiento, protección y respeto debidos á la santa religión y á sus ministros.

2o. El de la independencia y libertad de la nación.

Sobre esta base entran, el centralismo su el pronunciamiento se hace en Yucatán ó en Tabasco, y el federalismo si el grito se hace dar en alguno de los otros estados. Si es para anular la elección de un presidente, de un congreso, ó de un senado, siempre las elecciones se hallarán nulas, el candidato ó el poseedor no darán garantías al sistema federal, las leyes se encontrarán holladas, y el voto de los pueblos sofocado ó usurpado, Así pues, el restablecimiento del orden y de las leyes vendrá siendo, no solo un ingrediente, sino también la base. Uno de los más esenciales ingredientes será el de garantías. Se ofrecerá, pues, la de la libertad, la de la propiedad (que mientras más se quiere asegurar, mas expuesto se halla y menos seguro), la de la fraternidad entre los hombres de las diversas sectas políticas. Siempre se pedirá que se reúnan los representantes, para que por leyes sabias y justas remedian los males que han obligado á tomar las armas á los pronunciados, y no habrá artículo en que no se hable de la constitución y de las leyes, porque siempre es preciso poner estos nombres antes que el del objeto del pronunciamiento. Ex senatus consulto, et autoritate Cæsar. El fin y el objetivo principal, se disfrazará como los líquidos más espirituosos y claros, que se perciben por el olor y por sus efectos, pero que en el color no tienen diferencia con el agua clara. El buen redactor de planes, cuando llegue á este objeto, debe imitar á Tiberio con el pueblo: Verba obscura, perplexa, eluctantia, inspeciem recusantis composita. Los planes acabarán todos ofreciendo vida y prosperidades á los que les adopten y sean fieles; pena y muerte eterna á los que no les creyeren ni guardaren.

    Formado el plan, se inserta en la acta y se extiende el manifiesto: algunos añaden al manifiesto una proclama al ejército y otra a los pueblos. Esta última es la menos necesaria, y las más veces se omite. Llenos así todos los deberes de un buen pronunciamiento, se envía toda la colección al gobierno general, á los gobiernos y congresos de los estados, á los comandantes generales y locales, y á los generales del ejército. Respeto a estos, hay algunos que están en posesión de ser excitados particular y confidencialmente, á más de la invitación oficial, porque se reconoce en algunos jefes cierta especie de magistratura, de influjo y de intervención, y las más veces su decisión inclina la balanza de un lado ó de otro.

    Si uno de estos jefes (que, siendo permitido pueden compararse con los de los tribus en las guerras civiles de Escocia de que nos habla Walter Soctt en su Oficial aventurero) llega á tomar partido, es un suceso que allana muchas dificultades; aunque otras veces aumenta embarazos esto de conciliar la jefatura suprema del pronunciamiento, la mejor categoría ó graduación, y el permitir que otro venga con sus manos limpias y á mesa puesta, como dicen, á soplarse el buen bocado. Los excitados ó convidados también suelen hallarse en apuros: esto de seguir el plan ageno y concurrir como segundo ó como tercero, ó hacer la fortuna de otro, lastima un poco el amor propio, la vanidad y el interés. Sufrir que se divida la autoridad, es haberla perdido diría el secretario de Florencia, Aut nihil, aut Caesar. De aquí nace que se conteste muchas veces en términos ambiguos, indecisos é inclinándose á que no se haga novedad en nada; á persuadir lo peligroso de los cambios y la resolución de no mezclarse en las discordias civiles, reservando la espada para desnudarla contra los enemigos exteriores. Todo esto se hace mientras se ve si el plan tiene séquito, si la fuerza se pone de su parte, y si el santo bambolea ó se está firme sobre el pedestal. Pero es preciso calcular bien sobre todas las probabilidades del pro y del contra, porque algunas veces suele haber chasco en negarse, y chasco en decidirse después de haberse negado, y en dar paso atrás después de haberse decidido aun en este caso siempre queda recurso; estarse quieto y conteniendo como el gato los impulsos de dar un salto sobre la rata para asegurar mejor la presa. Para esto sirve la experiencia: el buen jugador, se queda á la mejor de espadas. Otros contestan de buena fe y sinceramente; no sé su estos siendo buenos patriotas merecerán también el concepto de buenos políticos. De todo hay en la viña del Señor, y también hay error en obrar siempre y sinceramente á buenas.

    Mas cuando no se hace negocio, ni con los cuerpos militares, ni con estos jefes acreditados y de influjo, no hay otro arbitrio que conservar el fuego sagrado en alguna posición fuerte, enviando sus partidas volantes y dándolas el nombre de divisiones y de ejércitos atrincherados, en tanto que Dios mejora sus horas y á alguno le viene la gana de hacerse héroe. Este recurso, que parece desesperado, alguna ocasión produjo buen éxito, y no hay que mirarlo con desprecio; pero tampoco se le debe dar mucha importancia, porque entonces podrá sofocarse antes de crecer, y morir antes de estar bien nacido: variar de planes es tan peligroso como mudar de medios, cuando con un mismo interés se hacen muchos planes, se edifica la torre de Babel y nadie se entiende, por más que todo lo quieren explicar los periodistas, presentándolo todo en combinación y con enlace: la verdad es que cada uno va á su negocio.

    La experiencia, esta gran maestra de los más rudos y molondros, nos ha enseñado que los pronunciamientos decisivos son los que se hacen en las capitales: son como la sangre, que elevándose desde las extremidades del cuerpo, ocupa el corazón y extingue la vida. Por siempre se procura que la capital se pronuncie, y cuando está pronunciada, toda fuerza exterior se anula. De aquí aquello de poner con las más gordas letras: Pronunciamiento de la gran México; mientras que dentro de la gran México, para obligarla á pronunciarse se nos grita por los vencedores; el pronunciamiento del Santigao Tianguistengo, el pronunciamiento de Santa Anita, el pronunciamiento de Zacatlán, el de los cívicos de San Luis. Todo esto tiene su tiempo respectivo, como los nabos en adviento, las matracas, los judas y la chía en semana santa, los huesos y las calaveras en la fiesta de muertos.

    ¿Pero qué se hace después de un pronunciamiento ejecutado? Ya se dijo; otro pronunciamiento. ¿Y en el intermedio? Ya se sabe que en esto se entretiene el tiempo con la orquesta, y que mientras se muda la decoración mudando todos los empleados (ó mudando estos de vestido), hay sus arias coreadas, en que se sostiene por una parte la justicia y conveniencia del pronunciamiento, y el coro corresponde con acentos y movimientos armoniosos y uniformes; á menos que se prefiera algún sainete de aquellos que acaban á palos ó á capazos. Siendo esto asi, los tales pronunciamientos no tienen término, y nunca se hace alguno que sea el último; pero este no es mi asunto: mientras la moda no pase, yo he de decir cómo se hacen.

    Explicando el mecanismo ó táctica de los pronunciamientos, será preciso cumplir mi palabra de honor empeñada á los evangelistas que hasta ahora están confundidos con mi algarabía ó galimatías. Es preciso, sin embargo, que sean pésimos entendedores para que no hayan encontrado el modelo que les ofrece en la explicación de su mecanismo. Si los que no sabe escribir, por su natural instinto y ayudados por el ejemplo que les dieron tantos grandes hombres que les han precedido, practican mecánicamente lo que yo quiero reducir á principios, ¿por qué se hará el agravio á los evangelistas (que son hombres no solo de papel, pluma y tintero, sino de escribir sobre la pierna y aun debajo de ella), de suponerles incapaces de formar ellos mismos su plan ajustado á las reglas sencillas de esta táctica? Para mí es embarazosa la elección, entre tantos modelos dignos de imitarse para hallar el más perfecto. Cierto es que al que le dan á escoger, le dan en que pensar. Iguala, Casa Mata, Tulancingo, Jalapa, gran México, campo ambulantes de Victoria, fortaleza de Santiago Barrabás, cívicos de San Luis; he aquí mis modelos. ¿Puedo yo inventarlos mejor? No es un arrojo la empresa sola de explicarlos y comentarlos?

Fuente: El Observador de la República Mexicana, segunda época, miércoles 28 de abril de 1830, tomo I, núm. 9, pp. 292-300.


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