Un paseo por Tamaulipas en 1831

La siguiente carta apareció en el periódico oficial del Gobierno de Tamaulipas, Guía del Pueblo el 6 de enero de 1831.

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Mi siempre apreciable amigo: tendrá Vd. presente que cuando estábamos juntos hablábamos varias veces sobre las circunstancias de este país, sobre su industria y el estado de civilización en que se halla. Se acordará V. también de que opinaba yo que las ideas que generalmente se tenían de Tamaulipas eran inexactas y desfavorables, y que constantemente sostenía que había más ilustración de la que comúnmente creen algunos, que puedan, que el mundo está reducido a los horizontes que divisan, y que únicamente el país en que residen es ilustrado, tal fue mi opinión se me presentó ocasión de confirmarme en ella, porque je visto por mis propios ojos la verdad.

No diré de la capital del estado, ni de otros pueblos en que por ser frecuentes de personas ilustradas, ha adelantado la civilización, y el buen gusto, y diré solo de un rincón del estado, donde parece que la naturaleza quiso esmerarse en sus producciones, y que bastaría ligeros impulsos para hacer de aquel duelo un nuevo paraíso. Voy al intento.

Estuve aunque de paso en la Villa de Hidalgo, y noté que tiene un suelo feras [sic], susceptible de mucha agricultura, y que produciría frutos de todas clases, porque abunda de agua, y es muy fácil llevarla a regar inmensos terrenos. Aquella población debía ser una de las mejores por sus elementos; pero solo su nombre estremece, porque ha sido plagada de unas calenturas, mortíferas, de modo que son allí endémicas. Hidalgo no podrá jamás adelantar, porque su localidad lo hace mal sano, y si no se repoblara con gentes de fuera, pronto se despoblará. Mas si va a decirse la verdad; el mal es de fácil reparo, pues a corta distancia hay un sitio, donde e pudiera poner la población, con la seguridad de gozarse un temperatura benigno, sin perder las ventajas de la agricultura. Si aquellos vecinos hicieran un esfuerzo a trasladarse harían un servicio a la humanidad, y al estado, y su posteridad disfrutará bienes indecibles. Trasládese la población, y aquella Villa será de lo  mejor, y más sano, y se evitará el inconveniente de las inundaciones q que de ve expuesta mucha veces por la malísima situación que tiene.

De Hidalgo a Villagrán es un camino delicioso, y el terreno capaz de todas producciones; pero las haciendas están casi abandonadas, y al paso que la naturaleza ha sido prodiga la industria anda mezquina.

Luego que llegué a Villagrán procuré encargarme de aquel terreno, y lo encontré fértil, abundante en pastos, muy fácil de adelantos. Se cultiva allí hace poco tiempo la caña dulce, y se labra excelente pilón, y se haría bien azúcar si hubiera inteligentes. El terreno donde está planteado el pueblo es desigual, y a primera vista parece desagradable; pero yo le he comparado con una concha, que aunque su exterior no sea bueno, contiene dentro una preciosidad. Baña las orillas del pueblo un río pequeño, que visité, y cuya agua me pareció de lo mejor. Yo me deleitaba en ver aquellas corrientes cristalinas, y después he reflejado que con su murmullo reprendían mi indolencia y me daban a entender que había otros objetos que me habían de embellecer.

Son injustos, ciertamente, los que han supuesto al bello sexo incapaz de conocimientos sublimes, y lo son también los que quieren que en Tamaulipas no hay cultura. Yo hago la justicia, que debo, y soy testigo presencial de que aquellas ideas son equivocadas. En Villagrán, en aquel pequeño pueblo, donde no hay concurrencia de forasteros, ni tráfico, ni otro motivo de civilización encontré que el bello sexo es privilegiado y aquellas señoritas están excelentemente dispuestas por la naturaleza. Concurrí a algunas diversiones de baile y tuve la oportunidad de ver por mí, y muy de cerca las cosas. Noté que el bello sexo es allí agradable, y de buen gusto. Vi ejecutar algunas piezas de baile con primor, y tienen las señoritas cierto aire, que embellezca. Facciones finas, color hermoso, cuerpos gallegos, trato sencillo y franco; es lo que hace amables aquellas señoritas. Yo tuve el placer de decir algunos versos que aunque mal improvisados, expresaban mi arrebato, y logré elogiar aquellas bellezas sin causarlas rubor, pues ellas tenían oír un comedimiento mis expresiones, que eran en realidad la efusión sincera de mis sentimientos. Aunque algunas señoritas no concurrieron a las diversiones, pude verlas en sus casas, y puedo asegurar a V. que encontré que si avenís les ha prodigado sus gracias, no anduvo mezquino Minerva con sus dones; pues, reúnen la discreción a la hermosura. Yo, amigo mío, tuve ratos deliciosos, y me parecían estériles los gustos pastoriles de oír murmullos las aguas, y moverse con el zafiro las hojas de los arboles. Yo no me parecía agradable el paseo por las márgenes del río, pues aquellos seres in cantadores me lisonjeaban incomparablemente más.

Va ya muy larga esta carta, aunque nuca me parece que lo soy en celebrar las gracias del bello sexo. Tal vez se creería que soy un visionario; pero aseguro a V. que digo poco y que lo más queda en el tintero. Jamás podré olvidar unos momentos de ilusión placentera, y siempre sostendré que en general, aun no se conoce bien el mérito del bello sexo de Tamaulipas,

Soy como siempre &c

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[Gracias al trabajo del Lic. Juan Rodríguez del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, una versión digital de este ejemplar del periódico se puede consultar en línea.]

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