La batalla de los universalismos o cómo definir a la mujer

Ayer leí un debate en Twitter acerca de los desacuerdos entre las feministas radicales y las feministas de identidades en cuanto a la definición de la mujer. El debate hablaba de TERFs y preguntaba si era posible o deseable hablar con este grupo de feministas. El ensayo que sigue es mi respuesta a este debate. Iba a tuitearlo, pero es muy largo y mejor se les ofrezco como una entrada de blog.

¿Cuál es la definición de TERF que están ocupando? Hay varias. El acrónimo quiere decir “trans exclusionary radical feminists”. Fue acuñado por los oponentes del feminismo radical para cuestionar su planteamiento que el género no es una identidad sino un sistema de opresión.

Las radfems afirman que las mujeres son una clase (en sentido marxista) que son oprimidas por los hombres como clase (el patriacardo). Entienden el género (y las identidades de género) como el sistema por el que funciona la opresión. Por tanto, son hóstiles a la idea de que “todos tenemos una identidad de género” y aún más a la idea de que ellas son “mujeres cis”. Interpretan estas ideas como la exigencia que las mujeres que no son trans deben sentirse identificadas con ser subordinadas en la sociedad.

Asimismo, definen a la mujer y al hombre de acuerdo al lugar que la persona ocupa en la reproducción sexual y rechazan la idea de que el género se define a partir de cómo uno se siente. De ahí viene la afirmación de que las mujeres trans no son mujeres.

Sus oponentes usan el acrónimo TERF para subrayar el significado de estos planteamientos para las personas trans. Desde su punto de vista, el análisis de las radfem equivale a decir que las personas transgénero no existen. Desde este punto de vista, asimismo, a las radfems les acusan de violencia -entendida como violencia epistemológica- al no reconocer la identidad de las personas trans.

No obstante, el discurso de la identidad de género en el feminismo obliga a todos a tener identidad. No respeta a las mujeres que rechaza a ser llamadas “cis”, e incita a la exclusión de las radfem del feminismo. No reconoce que puede haber otra interpretación feminista además de la que abraza el discurso de género.

Por otra parte, se usa el acronimo TERF para referir a las lesbianas que no quieren incluir a las mujeres trans en su lesbianismo. Hay lesbianas radfems pero la mayor no lo son. Hay lesbianas que objetan a la redefinición del lesbianismo por el discurso trans como una relación entre dos personas que identifican como mujeres. Rechazan esta interpretación asimismo porque lleva a una definición de la sexualidad lesbiana que sólo incluye mujeres biológicas como problemática y transfóbica. Insisten que los planteamientos trans acerca de la sexualidad niegan la autonomía sexual de las lesbianas. Interpretan las acusaciones de transfobia como un intento de obligarlas a aceptar la posibilidad de tener una relación sexual con una persona con pene. La comparan con la cultura de violación y la violación correctiva.

Como en el caso de las radfems, se nota que el discurso trans no es tolerante con las lesbianas cuyas preferencias sexuales no conforman con las ideas sobre la sexualidad derivadas de la idea de la identidad de género. La palabra TERF sirve para deslegitimar el análisis y la sexualidad de las mujeres que rechazan la transcendencia de la identidad de género. Sirve para plantear el argumento desde la identidad de género y para silenciar a sus voces mediante la acusión de “transfobia”.

En fin, el desacuerdo de las radfems y el feminismo de identidades es acerca de la definición de la palabra “mujer”. Es, además, un desacuerdo entre dos puntos de vista universalistas: es decir, ambas partes insisten que su definición es la única válida. De esta forma, ambos puntos de vista hacen vista gorda (o bien manipulan) los planteamientos del feminismo poscolonial y negro.

Uno de los grandes argumentos del feminismo poscolonial es que no se puede hablar de un “nosotras” cuando hablamos de mujeres. Es decir, las mujeres (y no importa la definición que adoptamos de la palabra) no somos una entidad homogénea; todas las experiencias que tenemos son mediadas por nuestras diferencias sociales, culturales y económicas entre muchas otras cosas.

El reto del feminismo -desde esta perspectiva poscolonial – no es establecer una definición de “mujer” como *la única* de la que no se permite disenso. Es buscar encontrar los puentes entre nosotras para poder colaborar juntas en pos de un fin que convenga a todas. Alcanzar este reto significa aceptar que hay diferencias importantes entre todas las mujeres y qué las relaciones de poder entre nosotras no siempre se definen por un solo eje. Factores como el color, la sexualidad, la religión, la clase, la identidad etc., siempre impactan de manera variada dependiendo en qué contexto las mujeres se encuentran. Sí, es la famosa (y bastante malentendida) idea de la interseccionalidad (y regalo del feminismo negro).

Abrazar los feminismos que partan de la idea de la diferencia, en lugar de los que parten de universalismos, no resuelve la disyuntiva en la que la confrontación entre el feminismo radical y el feminismo de identidades nos han metido. Sin embargo, enseña que la manera de buscar la resolución es a través del diálogo y el respeto por las diferencias. Para lograr un diálogo creo que estamos obligadas a rechazar el universalismo y la lucha por definir *de una vez por todas* qué es una mujer.

Insistir en el universalismo, insistir en silenciar las voces que no comparten tu universalismo, es promover una confrontación sin fin donde no habrá ganadores sino sólo víctimas. Es una confrontación que ganará el lado más vocal y el más violente. En otras palabras, es seguir la lógica del hombre blanco occidental del patriacado. Para que el feminismo logre su meta final -el fin del patriacado-, debe abandonar “las herramientas del amo” (Audre Lorde); pues con ellas no se construye sino sólo se destruye.

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