Adoptar la perspectiva de género frente a las políticas de identidad de género

Abajo es el texto que leí en el foro ¿Qué necesitan de nosotros las llamadas infancias trans? que se transmitió por Facebook Live, el 7 de noviembre de 2019.

Me gustaría empezar explicando la iniciativa para reformar el Código Civil de la Ciudad de México que nos tiene reunidas hoy. En breve se trata de una medida para permitir a los menores de edad cambiar el “género” indicado en sus documentos legales mediante el mismo proceso que el Código establece para los mayores de edad.

Las y los proponentes de esta medida la presentan como una ampliación de derechos para incluir a las niñas y los niños. De acuerdo con lo que plantean en el dictamen, creen que los menores de edad tienen los elementos necesarios para hacer una decisión de esta naturaleza. Señalan que el Código ya permite a los menores de edad tomar decisiones importantes: como contraer matrimonio; interrumpir voluntariamente el embarazo; disponer de sus bienes, entre otros.

Para justificar esta afirmación, los y las proponentes de la medida afirman que “la identidad de género se desarrolla […] entre los dieciocho meses y tres años de edad.” En otras palabras, sostienen que la identidad de género se fija en los tempranos meses de vida, e insinúan (aunque no lo digan explícitamente) no es sujeto a cambios a lo largo de la vida de las personas. Por este motivo, argumentan que “los dieciocho años marcado por la ley como requisito para acceder a este derecho es innecesario, injustificado y contraria a la Constitución y a los derechos fundamentales a la igualdad y a la no discriminación.”

Al efecto, los y las proponentes citan a las relevantes disposiciones internacionales en materia de derechos humanos, desde la Declaración universal de los derechos humanos (art. 6, el derecho a la personalidad jurídica) hasta los principios de Yogyakarta, un documento elaborado por un grupo de especialistas que establecen los estándares internacionales en cuando a los derechos las personas homosexuales.

El principio 3 de Yogyakarta reza:

Todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al reconocimiento de su personalidad jurídica. Las personas en toda su diversidad de orientaciones sexuales o identidades de género disfrutarán de capacidad jurídica en todos los aspectos de la vida. La orientación sexual o identidad de género que cada persona defina para sí, es esencial para su personalidad y constituye uno de los aspectos fundamentales de su autodeterminación, su dignidad y su libertad. Ninguna persona será obligada a someterse a procedimientos médicos, incluyendo la cirugía de reasignación de sexo, la esterilización o la terapia hormonal, como requisito para el reconocimiento legal de su identidad de género. Ninguna condición, como el matrimonio o la maternidad o paternidad, podrá ser invocada como tal con el fin de impedir el reconocimiento legal de la identidad de género de una persona. Ninguna persona será sometida a presiones para ocultar, suprimir o negar su orientación sexual o identidad de género.[1]

En esta ponencia, quiero examinar los argumentos que acabo de resumir desde la perspectiva de género con el fin de sugerir que la reforma al Código Civil -tal y como está planteada- no contempla el contexto social y cultural actual en el que los papeles de género son impuestos coercitivamente a la población. Por lo que no reconoce que cualquier decisión que tome un menor de edad sobre su identidad de género y orientación sexual difícilmente se puede considerar como autónoma o libre de presiones familiares y/o sociales.

Asimismo, quiero proponer que la propuesta de reforma parte de una premisa equivocada y una mala interpretación de la investigación en cuanto a la invariabilidad de la identidad de género. Sobre todo, en relación con la identidad de género entre los menores de edad, la investigación muestra que la identidad no es fija sino en desarrollo y definición a lo largo de la niñez y de la adolescencia; y, que este desarrollo está afectado por múltiples factores, incluyendo la presión social, la violencia de género y los trastornos neurobiológicos.[2]

En consecuencia, voy a argumentar que la iniciativa de reforma atenta contra los derechos de los niños y las niñas a la libre determinación, y sobre todo, al artículo 3 de los principios de Yogyakarta que acabo de leer. El deber de Estado en materia de derechos humanos es defender los derechos a todos los grupos vulnerables. Este deber incluye proteger a las personas homosexuales, como bien señala el principio 3 de Yogyakarta, así como a las niñas y niños frente a los posibles abusos de los adultos.

Para que mis argumentos sean claros y no presten a confusiones ni mal interpretaciones, es necesario explicar, en primer lugar, qué es la perspectiva de género. Sobre todo es importante explicar porqué el concepto de “género” no necesariamente tiene el mismo sentido cuando se habla de perspectiva “de género” y cuando se refiere a la identidad “de género”.

En el discurso feminista, el concepto de género se emplea para referirse a los papeles sociales y los estereotipos que históricamente la cultura occidental asocia con las personas derivadas de su función biológica reproductiva. Esta idea permite a las promotoras de la perspectiva de género argumentar que la sociedad tiene expectativas diversas acerca del comportamiento de las personas, de la expresión de su sexualidad, y de su presentación física, dependiendo de su presentación física. Es decir, si tienen cuerpo masculino o cuerpo femenino. De acuerdo con el feminismo, la diferencia entre las expectativas socioculturales también explica la desigualdad de circunstancias en que se desarrollan las personas.

Puesta de otra manera, el estudio feminista de los papeles de género revela que nuestra sociedad se construye con base en una jerarquía clara, en donde a las personas de sexo masculino se les cultivan la idea de que son más importantes que las personas de sexo femenino. Son más fuertes, más inteligentes, y con mejor aptitud para mandar. Las personas del sexo femenino, en cambio, reciben una educación sociocultural que les enseña que son menos importantes, menos inteligentes y más emocionales que sus compañeros. Les inculca la idea que las personas del sexo femenino existen para apoyar, servir y cuidar a los demás, y que no deben pensar en sí mismos.

Toda esta socialización en los papeles de género está íntimamente vinculada a nuestros cuerpos. En el discurso sobre el comportamiento humano, la capacidad de gestar niños vuelve señal de que ser mamá, cuidar a los niños y hasta quedarse en casa, es aspiración normal femenina. El papel social de la mamá, entonces, es considerado natural y deseable.

En relación con la sexualidad, estudiar la socialización de los seres humanos nos permite entender que las expectativas relacionadas a los papeles de género también cultivan la heterosexualidad como la forma “normal” o “paradigmático” de la expresión sexual humana. De nuevo, esta creencia se fundamenta con referencia a nuestros cuerpos: si el ser humano quiere reproducir, debe tener relaciones sexuales heterosexuales. La heterosexualidad entonces se concibe dentro de los papeles de género actuales como “algo natural”. En consecuencia, la sociedad suele trata a la homosexualidad como una desviación de la norma, algo inusual y, sobre todo, algo que “no es natural.”

Así las cosas, “una perspectiva de género” es la que estudia la sociedad actual a la luz este conocimiento sobre los papeles sociales relacionados al género. A su vez, la política pública con perspectiva de género busca implementar medidas para poner fin a la desigualdad de circunstancias en que viven hombres y mujeres a causa de la socialización de los papeles de género. Parte importante de esta tarea es estudiar y analizar las políticas públicas para entender su impacto en la promoción de la equidad y la igualdad.

Es decir, la perspectiva de género nos obliga investigar cada iniciativa de ley, y cada política para analizar las consecuencias de ellas en la población femenina. Significa reconocer que las personas no se desarrollan en circunstancias iguales y que las políticas públicas pueden tener efectos distintos en diferentes personas. En este sentido, “el género” de la perspectiva de “género” se refiere a idea de que hay diferentes clases -o géneros- de los seres humanos.

En cambio, el concepto de “género” cuando se usa en la frase “identidad de género”, refiere a una idea muy distinta. Como es evidente en los argumentos de la iniciativa de reforma, aquí el género se entiende como un aspecto de la personalidad. Es una convicción personal acerca de su relación con el mundo que se desarrolla a una edad muy temprana, por lo que parece casi natural. La identidad de género, entonces, puede entrar en conflicto con los papeles de género que la sociedad espera de las personas con relación a su presentación física.

Las personas que experimentan este conflicto entre convicción personal y cuerpo físico muchas veces lo viven como una opresión o una discriminación, tal y como lo plantean los autores de la reforma. Se sienten que se le aplican las reglas equivocadas: le tratan como mujer cuando se identifica como hombre, o viceversa. Pero, desde este punto de vista los papeles de género en sí no se entienden como una opresión ni una discriminación (como es el caso en el análisis feminista). Es decir, “el género” de la “identidad de género” no demarca una relación de poder entre diferentes clases o sexos de personas, ni fomenta la desigualdad. Es sólo una expresión de la personalidad de cada uno: los papeles de género, en breve, son marcadores de la identidad.

Es aquí en donde las personas que abogan a favor de la identidad de género enfrentan oposición desde la derecha, y sobre todo desde la derecha religiosa. En esencia, su planteamiento sugiere que uno escoge el papel de género o la identidad que más le convenga, y que esta decisión no tiene nada que ver con la biología. Desde un entendimiento tradicional del orden social, esta idea choca con la idea de que la biología nos impone un destino y un papel social “natural.” Para la derecha, la identidad de género como la homosexualidad son ataques al orden natural y no deben ser toleradas.

Pero, las personas que abogan a favor de la identidad de género enfrentan oposición también desde el feminismo radical y el feminismo “crítico de género”. Para estos feminismo, el discurso de la identidad de género no parece mucho muy diferente que el discurso de la derecha. Ninguno de los dos cuestiona las relaciones de poder desiguales en la sociedad a raíz de la socialización de los papeles de género. Ambos discursos afirman que el género es algo natural y fija; que es un aspecto de la vida humana que determina la personalidad. Sólo están en desacuerdo en cuanto a origen natural de esta personalidad; es decir, si el género es vinculado irremediablemente con el cuerpo, o si es una convicción y una personalidad de libre elección.

Frente a estos argumentos, el feminismo radical, y su hermana el feminismo “crítico de género”, sostienen que los papeles de género son una opresión y una discriminación para todos y todas. Argumentan que el género, sea entendido como identidad o sea entendido como papel, es el resultado de la socialización. Por lo que no hay sexualidad natural, ni la heterosexualidad, ni la homosexualidad, ni la bisexual son naturales; y no hay identidad de género “natural,” ni papel de género que corresponde a una persona en razón de su capacidad reproductiva. En otras palabras, rechazan los planteamientos de la derecha y los de los identitarios de género.

Me parece que este punto de vista es bastante mal entendida y mal interpretada en el discurso político actual. Cualquier crítica al concepto de identidad de género es entendida -sin excepción- como una posición conservadora. Por esto me he extendido en esta parte, pues me ha permitido contextualizar lo que voy a decir en seguida: la crítica a la propuesta de reforma desde la perspectiva de género.

Como dije en la parte introductoria, la iniciativa de ley argumenta que “los especialistas en la materia sostienen” que la identidad de género se desarrolla entre los dieciocho meses y los tres años, e insinúa que esta identidad luego es inmutable a lo largo de la vida de la persona. Para sostener esta afirmación, los y las proponentes de la reforma citan al Glosario de la diversidad sexual publicado por el CONAPRED. Este Glosario, a su vez, cita a un artículo académico publicado en The Lancet (una revista de alta prestigio en el campo de la medicina) y una página web de Estados Unidos –Gender Spectrum– que apoya a los padres de hijos e hijas cuya identidad de género está en conflicto con sus cuerpos.[3]

Dije en la introducción que esta premisa era falsa. Veremos ahora porqué.

En primer lugar, al leer los textos citados encontramos que el consenso referido en la iniciativa de ley no es en torno a la identidad sino en referencia al comportamiento de los niños. En otras palabras, lo que se nota desde los 18 meses es que algunos niños y niñas se comportan de manera contraria a las expectativas en torno a los papeles de género.[4] El criterio diagnóstico para identificar a los menores de edad con “disforia de género” (es decir, que su identidad de género está en conflicto con su cuerpo) en el Reino Unido, por ejemplo, señala que lo siguiente son ejemplos de este tipo de comportamiento.

  1. Querer jugar con los juguetes del otro género
  2. Querer vestirse en la ropa del otro género
  3. Querer jugar el papel de ser del otro género en los juegos infantiles.
  4. Querer jugar con niños del otro género.[5]

En otras palabras, lo que se desarrolla en la temprana edad es un conocimiento interno de los papeles de género, y una reacción positiva o negativa antes ellos. La declaración de la identidad de género (el criterio más importante para diagnosticar la disforia de género), en cambio, es algo que se manifiesta muy poco entre los niños chiquitos, y más frecuentemente en la temprana adolescencia.

En segundo lugar, las investigaciones de seguimiento con niños y niñas con “disforia de género” que se han realizado desde 1972 muestran que la identidad de género expresada por estos jóvenes no es estable.[6] De hecho, los resultados de estas investigaciones sugieren que entre 60 y 90 por ciento de los niños y las niñas que recibieron apoyo en caso de disforia de género rechazaron una identidad de género trans al llegar la mayoría de edad. Son cifras abrumadoras que indican que la identidad de género no es inmutable en los menores de edad; y que, sobre todo, lo que afirman sentir los niños y/o adolescentes no siempre corresponde con lo que afirman sentir de grandes.

Es necesario subrayar, además, que los niños y las niñas en los estudios citados crecieron para declararse homosexuales. Es decir, la evidencia parece sugerir que los menores de edad encuentran dificultad en distinguir entre su orientación sexual y su identidad de género. Sólo después de madurarse como adultos tienen los elementos necesarios para ser seguros o seguras de la identidad que quieren llevar.

Si se aplica la perspectiva de género a esta situación, se puede formular la siguiente crítica a la propuesta de reforma al Código Civil.

Los papeles de género son impuestos coercitivamente a los jóvenes en nuestra sociedad. Son el resultado de la socialización y no de una predisposición natural, por lo que no es de sorprenderse que algunas personas prefieren -cuando pueden- rechazar el papel de género impuesto.

Tampoco es de sorprenderse que los adultos con los que se socializa el o la niña que prefiere seguir las normas de género del otro género, se incomodan ante este hecho y reaccionan ante el niño o la niña, cuestionando su comportamiento e insistiendo que conforme con las normas; o bien, preguntándose si la o el niña es transgénero. Ambas reacciones niegan el derecho del niño o la niña a la autodeterminación.

La imposición de la heterosexualidad es un componente importante de la socialización de género. Parte de esta socialización es la estigmatización de la atracción homosexual, con el argumento que una orientación hacia el mismo sexo hace la persona menos “normal”, menos “mujer” o menos “hombre”.

En este contexto es entendible que el o la niña que experimenta atracción homosexual puede estar confundida acerca de su identidad. Es también previsible que los adultos que rodean este o esta niña caen en la misma confusión; algunas veces por razones homofóbicas, algunas veces por otros motivos.

Es evidente, por lo tanto, que los y las niñas que rompen los papeles de género enfrentan estigmatización y discriminación. Es muy probable, además, que varios son sujetos a presión, chantaje y manipulación por parte de los adultos que subscriben a la idea de que que los papeles de género son naturales y deben ser seguidos.

En consecuencia, no se sostiene el argumento propuesto por los redactores de la iniciativa de reforma. Ni es cierto que la identidad de género es fija e inmutable en los menores de edad, ni es verdad que los niños y los adultos gozan de la misma igualdad de circunstancias para hacer una decisión de esta naturaleza. Los menores de edad son más vulnerables a las presiones “para ocultar, suprimir o negar su orientación sexual o su identidad de género” (en palabras del 3º principio de Yogyakarta). No cuentan con las mismas experiencias de vida que les permiten distinguir entre su orientación sexual y su identidad de género. Es por estas razones que establecer la mayoría de edad como requisito para el cambio de identidad de género es necesario y justificado. No atenta contra los derechos de los niños, en cambio los protege y los ampara frente a los posibles abusos que puedan ser sujetos por parte de una sociedad que impone los papeles de género a los seres humano de manera coercitiva y violenta.

[1] “Principios de Yogyakarta. Principios sobre la aplicación de la legislación internacional de derechos humanos en relación con la orientación sexual y la identidad de género”, 2007, http://yogyakartaprinciples.org/wp-content/uploads/2016/08/principles_sp.pdf.

[2] Yvonne Kelly et al., “Social Media Use and Adolescent Mental Health: Findings From the UK Millennium Cohort Study”, Clinical Medicine 6 (diciembre de 2018): 59–68, https://doi.org/10.1016/j.eclinm.2018.12.005; Gary Butler et al., “Assessment and Support of Children and Adolescents with Gender Dysphoria”, Archives of Disease in Childhood, el 12 de abril de 2018, archdischild-2018-314992, https://doi.org/10.1136/archdischild-2018-314992.

[3] Rebeca Robles et al., “Removing Transgender Identity from the Classification of Mental Disorders: A Mexican Field Study for ICD-11”, The Lancet Psychiatry 3, núm. 9 (septiembre de 2016): 850–59, https://doi.org/10.1016/S2215-0366(16)30165-1; “Understanding gender”, Gender Spectrum (blog), https://www.genderspectrum.org/quick-links/understanding-gender/; citado por Glosario de la diversidad sexual (México: Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, 2016), 23. https://www.conapred.org.mx/documentos_cedoc/Glosario_TDSyG_WEB.pdf.

[4] Butler et al., “Assessment and Support of Children and Adolescents with Gender Dysphoria”.

[5] Butler et al.

[6] P. S. Lebovitz, “Feminine behavior in boys: Aspects of its outcome”, American Journal of Paychiatry, núm. 128 (1972): 1283–89; B Zuger, “Effeminate behavior present in boys from childhood: Ten additional years of follow-up”, Comprehensive Psychiatry, núm. 19 (1978): 363–69; J Money y A. J. Russo, “Homosexual outcome of discordant gender identity/role: Longitudinal follow-up.”, Journal of Pediatric Psychology, núm. 4 (1979): 29–41; B Zuger, “Early effeminate behavior in boys: Outcome and significance for homosexuality.”, Journal of Nervous and Mental Disease, núm. 172 (1984): 90.97; C. W. Davenport, “A follow up study of ten feminine boys”, Archives of Sexual Behaviour, núm. 15 (1986): 511–17; R. Green, The “sissy boy syndrome” and the development of homosexuality (New Haven: Yale University Press, 1987); R. J. Kosky, “Gender-disordered children: Does inpatient treatment help?”, Medical Journal of Australia, núm. 146 (1987): 565–69; M. S: Wallien y P. T. Cogen-Kettenis, “Psychosexual outcome of gender-dysphoric children.”, Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry, núm. 47 (s/f): 1413–23; K. D. Drummond, M. Badali-Peterson, y K. J. Zucker, “A follow up study of girls with gender identity disorder”, Development Psychology, núm. 44 (s/f): 34–45; Thomas D. Steensma et al., “Factors Associated With Desistence and Persistence of Childhood Gender Dysphoria: A Quantitative Follow-Up Study”, Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry 52, núm. 6 (junio de 2013): 582–90, https://doi.org/10.1016/j.jaac.2013.03.016; James Cantor, “Statistics faulty on how many trans- kids grow up to stay trans-?”, Sexology Today (blog), 2012, http://www.sexologytoday.org/2017/12/faulty-statistics-on-how-many-trans.html.

 

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